Lo supo solo cuando decidió irse. Los muertos abundan en las raíces, es donde habitan, es donde van a morir los muertos antes de desaparecer. Regresó por intentar buscar un remedio al vacío que había dejado su padre. Recorrer las mismas calles que el recorrió en su niñez, durante esa juventud feliz y terrible de la que tanto hablaba, sobre todo en los últimos años. Nadie quedaba allí, nadie con vida. Solo él, o eso creyó. Creía estar huyendo, separándose de la tierra que lo vio morir, dejándose llevar a aquella que le vio vivir, vivir de verdad, según decía él mismo, postrado en su cama, con el rostro acartonado por la enfermedad y el agua negra que abandonaba su cuerpo en forma de todo tipo de dolores y fluidos.

Volvió para encontrarlos a todos. No lo supo al principio. Solo una imagen en el espejo que se deformaba sobre la suya, como una bruma espesa, como si la pesadez de la mañana tardara aún más en disiparse, perdido en las latitudes extrañas de la tierra de su padre, esa ciudad enorme, monstruosa y, cuando quiere, que es casi siempre, aterradora que es Mexico D.F.  Poco a poco abandonó la mañana para ir posándose en todos los momentos, en todos los espejos, habitando con un movimiento de labios ilegible los espacios huecos entre cada respiración. Fija, casi sonriente, a medio camino entre el grito y el lloro, contemplaba su figura desdoblandóse, separándose poco a poco de sí mismo, tomando una vida más allá de su reflejo. La vida de su padre. Su vida como entonces, con el aspecto juvenil de las viejas fotos de familia, en blanco y negro, con ese toque de película antigua, esos trajes amplios, los zapatos impolutos, el corte de pelo perfecto, el brillo de la gloria en esos años de felicidad y dinero que había vivido. Tanto.

Cada calle, cada portal y cada casa. Cada bar que hoy podía no existir ni en las voces de los más viejos. La universidad, los coches, las noches… Quería recorrer todo lo que fue su padre y así poder llegar a entenderle, un poco más, conocerle donde no pudo llegar durante su vida, tiempo esquivo de un mal hijo y un buen padre. Solo al final…   Y el fantasma de su padre creciendo en los reflejos, con vida propia, que poco a poco iba colmando con su presencia el espacio real entre los dos. Y no sentía miedo, porque era un muerto y era su padre y aquella era su vida, o al menos lo había sido, y él era un extraño, y le parecía justo que tomara posesión de ella antes de marchar, antes de desaparecer para siempre. Comenzó a encontrárselo en las calles, saludándole, departiendo con otros muertos, nunca estaba solo; eran otros muertos, porque se les veía muertos, con sonrisa de muertos, con trajes de muertos, con el brillo exagerado de los que aún no han partido, pero deberían hacerlo. Todos los muertos vuelven a las raíces, y ahí se quedan, un tiempo al menos, hasta que ni las calles ni el aire, ni los otros muertos, se acuerdan de ellos.

Quiso huir de la imagen de la muerte, del hospital, los tubos, las medicinas, el tránsito fatal de la enfermedad que sufre y hace sufrir, que desbasta y despelleja, y deja el corazón y el hígado en carne via. Quiso huir y encontró a su padre, más vivo que nunca, y consciente de su presencia, que no le hablaba, ningún muerto le hablaba, pero le saludaban, le miraban, levantaban un brazo fibroso y azulado, sin palabras, solo gestos y el mismo perenne gesto de fundada satisfacción. Era un vecino más, un paseante en su mundo de muertos. Y él saludaba, y miraba atento como su padre vivía de nuevo los tiempos de su vida, de su verdadera vida, de su “única vida”, como le oyó decir, dos días antes de su muerte, apretando su mano, aconsejándole: “vive, vive, sobre todo preocúpate en vivir”. Acabó por  buscar los muertos, y se quedaba horas entre ellos, disfrutaba en sus bares de muertos, en las cantinas que ya no existían y donde la única música era la del viento en calles vacías, pero ellos bailaban, y no era un baile de muertos, era un baile de vivos, de los muertos que aún recuerdan la vida, que son lo mismo que los vivos, puesto que hay poco más en la vida que recordarla: se vive para recordarla, sobre todo cuando se pierde. En cada mirada de su padre, un latido se le iba de la pena. Un recuerdo se afianzaba y se grababa como de fuego sobre su pecho, sobre las venas, que ya no le provocaban escalofríos al recorrerle el cuerpo prendadas de memorias frías.

Lo supo solo cuando decidió irse, cuando los muertos también empezaron a irse, despidiéndose en las calles, bajo la sombra de los árboles en las plazas, en los bares que ya no existirán. Lo supo cuando su padre, con una sonrisa igual de ambigua, aún entre la vida y la muerte, se despidió de él, alzando una mano y dándose la vuelta, chaqueta al hombro, caminando con la espalda ancha, algo encorvada, deshaciéndose con el día, al caer la noche, con toda la ciudad, con toda su vida. Solo lo supo entonces: volver a las raíces es lo que hacen los muertos.


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