Una mujer no es tuya, nunca.

Una mujer no es menos,
casi siempre es más,
te lo dice la experiencia,
te lo dicen tu miedo y tus complejos,
tu rabia ignorante y primitiva;
te lo dice tu vida,
que viene de ella.

Una mujer es tu madre,
y tu hermana,
y tu compañera,
puede que tu amiga,
pero nunca tu mujer,
aunque sea una forma de hablar.
Una mujer nunca será tuya,
no importa qué dios te lo diga.

Una mujer no está ahí para que la pises,
la uses, te diviertas,
la trasformes en lo que
tu aterrado cerebro,
religiosamente timbrado,
pensó que debería ser.
Una mujer no está para ti para nada,
una mujer está para ser la mujer que quiera ser,
y con eso a ti te sobra.

Una mujer es un hombre,
lo mismo que un hombre es una mujer,
pero a una mujer le ata la vida,
una mujer da la vida,
la hace nacer, la lleva, la crea,
cuándo y cómo quiere,
solo si ella decide hacerlo;
como la tierra,
como la naturaleza,
como la galaxia
y toda la inmensidad.

Una mujer tiene tanta hambre como tú,
o más;
sufre lo que tú,
pero ya no más, ya no más,
porque ha sufrido ya lo suficiente;
una mujer quiere y desea,
y busca y piensa,
y hace lo que quiere:
come y ama, y vuelve amar,
rabiosa o no,
y vive y camina sola,
o contigo, si tienes suerte,
o con todos los que quiere
tantas veces como quiera,
y es tan mujer, y es tan humana…
Lo mismo que tú, pero mucho más.

Una mujer es todo lo que el mundo necesita,
una mujer libre;
una mujer igual que otra mujer;
una mujer a la que veas como lo que es:
una mujer es una mujer
y eso es más que suficiente,
y eso es más de lo que el mundo necesita.

Una mujer son todas las mujeres.


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