Relato breve – No es cuestión de dinero

por Con Tongoy

No todo es cuestión de dinero, dijo Salomón, mostrando su habitual y apacible sonrisa. Doña Marina seguía sorprendiéndose cada vez que acudía a empeñar alguna de las baratijas que guardaba en casa siempre que la vida le apretaba más de lo debido. Eran joyas de pobre, así las llamaba ella, algunas figuras heredadas que habían estado en su casa desde que fuera niña, o incluso antes. Libros antiguos llenos de polvo,  pequeños apliques con un porcentaje más o menos decente de oro, restos todos de un pasado mejor, los últimos que le quedaban, y a pesar de ello, Salomón siempre los recibía con agrado, y pagando una suma muy superior a la que cualquiera le hubiera dado, que era lo importante.

El señor Salomón, como se le conoció en el barrio desde el principio, regentaba una pequeña casa de empeños en la calle Moratín, en el número 28 para ser más exactos, justo enfrente de la panadería de Ocampo Muela, que hacía chaflán con la calle de Santa María. Había llegado hacía pocos años, instalándose en el primer piso de ese número 28, comprando de una tacada y, según se dijo, con dinero contante y sonante, el piso y la antigua carpintería de Los Rubio situada en el bajo del mismo número. Había estado abandonada durante, al menos, los dos últimos años y tardó unos meses en adecentar el local. Durante ese tiempo, pocos le vieron o supieron nada de él, pero una vez abrió la pequeña casa de empeños, todos en el barrio comenzaron a saber quién era. Y esto no tuvo nada de malo, aparentemente. Al contrario que otros en su gremio, el señor Salomón se hizo famoso por no regatear y pagar un dinero, siempre justo, por no decir excesivo, por los objetos que la gente le traía. No era un prestamista como otros, o eso pensaba doña Marina, que se había visto abocada al empeño desde antes de que Salomón se instalara en el barrio. Para ella era una especie de bendición, aunque siguiera sin gustarle entrar en aquella tienda, a pocos pasos de su casa.

Salomón no regateaba, Salomón ofrecía un precio y los demás lo aceptaban. Y lo aceptaban porque siempre era más que justo. No lo hacía por ganar dinero, decían, o eso decía él. “No todo es cuestión de dinero”, repetía una y otra vez cuando a alguien se le escapaba una inoportuna exclamación de sorpresa ante la facilidad del tal Salomón soltando billetes . Le encantaban las cosas, todo tipo de cosas, fueran antiguas o no, valiosas o no, le gustaba amasar cosas, disfrutaba gastando dinero en las cosas que la gente se veía obligada a venderle. Si alguien quería recoger lo empeñado, era preferible que llevara otro objeto a cambio, más que dinero, así lo prefería el viejo. Salomón se pirraba, sobre todo, por esas fotografías y antiguos daguerrotipos que la gente conservaba en sus casas, colgando en algún cuartucho o guardadas en repletos cajones, junto a otros recuerdos ya olvidados, ya perdidos. Fotos, imágenes antiguas, de familiares o de desconocidos, le daba igual, cuanto más tiempo tuvieran, mejor. “Para mí, como para usted, son recuerdos, y yo valoro los recuerdos por encima de todo”, dijo uno de los días en que doña Marina llevo un álbum de fotos familiar, bastante ajado y en el que quedaban más bien pocas fotos, añadiendo después su consabido: “no todo es cuestión de dinero”. No parecía importarle el estado en que estuvieran, preguntaba por la fecha, si es que se conocía, y por el personaje o personajes que en ellas aparecían, poco más. Las recibía siempre con una sonrisa y el dinero que él creyera conveniente. Y nadie se quejó nunca, porque nunca daba menos de lo esperado. 

Quién más quién menos, casi todos en el barrio se habían valido de sus servicios en algún momento. Unos por necesidad, otros atraídos por los buenos precios y condiciones que ofrecía.  A pesar de ello, a pesar de su supuesta buena fama, no era un personaje querido en el barrio. Tampoco odiado, pero desde el principio hubo una sensación de recelo hacia su persona. Seguía siendo un extraño, una especie de visita excéntrica que parecía estar de paso. Y es que el señor Salomón nunca se mezcló con el resto. Salía poco de su tienda y de su casa, de la una a la otra y vuelta, un corto paseo hasta la plaza cercana, como mucho. De sus compras se ocupaba el hortera que le ayudaba en la tienda; un chico grandote y desgarbado que llegó con él, de andares torpes y con una perenne y antinatural mueca en el extremo derecho de su boca que hacía que esta cayera hacia abajo de forma permanente, sin que el chico pudiera hacer nada para remediarlo. Si el viejo hablaba poco, el mancebo todavía menos. Y cuando lo hacía no lo hacía demasiado bien, sin muchas palabras y con una discurso demasiado trabado; le costaba hablar, esa era la realidad, en el barrio se comentaba que tenía algún tipo de retraso, pero nunca demasiado alto, si acaso en una charla privada, con uno o dos vecinos, no más. No sabían el porqué de la inercia en su comedimiento, nadie se planteó el origen de su discreción para con todo lo que tenía que ver con el señor Salomón y su tienducha. La presencia del grandullón, sus andares casi soñolientos y su gesto antinatural tampoco ayudaban a mejorar la sensación general sobre el viejo. Y todo ello, a pesar de su aparente falta de interés sobre lo pecuniario y las sonrisas que prodigaba a cada uno de los clientes que entraban en su tienda.

Doña Marina ya sólo iba a su tienda, pero sólo cuando la necesidad acuciaba. No se sentía cómoda entrando allí. No se sentía bien desde hacía ya mucho tiempo, demasiado cansada siempre. Nunca había sentido la edad como entonces. Y al entrar en la pequeña casa de empeños, esa sensación de pesadez vital, de carga sobre sus hombros y su vida se hacía casi insoportable. Cada vez que le tocaba empeñar algo, daba dos vueltas enteras a la manzana antes de entrar, cogiendo fuerzas, cogiendo impulso para enfrentarse a ella y a su enigmático dueño. Cuando salía, era como si todas las preocupaciones de su vida, todos sus incipientes achaques y tragedias vividas se le vinieran encima a un mismo tiempo. Tardaba unas horas en recuperarse, y con cada día que pasaba, en cada ocasión que visitaba el local del número 28 de esa calle Moratín en la que había nacido hacía más de cincuenta años,  esa recuperación parecía resultar un poco más difícil, más prolongada. Y así ocurría también con sus días, que se habían vuelto cada vez más espesos, más difusos. Andaba siempre cansada, sin hambre, sin ganas de salir o de pasear. Me estoy haciendo vieja, se decía a sí misma, en lo físico y en lo mental, tengo temores de vieja. 

Si doña Marina hubiese tenido mejor relación con los vecinos, hubiera sabido que no era ella la única que se sentía así. Que esa pesadez, esa sensación de brumosa realidad, de inexplicable senectud que le afectaba, era algo común a casi todos, algo que parecía afectar a cualquiera que visitara la pequeña casa de empeños, sobre todo a los más mayores. Aunque el caso de doña Marina era quizá el más preocupante; a su edad, no había explicación para un deterioro físico y mental tan rápido y evidente. Así se lo hizo saber, Siro, el último de los Ruíz que quedaba en el barrio, a dos de sus habituales de la tarde, en la farmacia que regentaba y que hacía las veces de café de tertulias para algunos de sus amigos cercanos. “Os digo que no tiene sentido, le he dicho a la pobre que vaya al médico, pero se niega, dice que es la edad, nada más, la edad y la edad, que es normal. Y qué va a ser normal, algo le pasa, cada vez está más delgada, más apagada…”. Temán, el actorcillo, habitual de la farmacia a esas últimas horas, escuchaba sin que aquello pareciera importarle demasiado; doña Marina no era nadie para él que llevaba en el barrio apenas unos meses. Pero, Príamo, su compañero en esa tertulia farmacéutica que se daba mientras Siro despachaba a los últimos clientes y organizaba inventarios y cuentas, no se mostraba indiferente. “Todo esto empezó con la llegada de ese viejo extraño, todo, lo de doña Marina, lo de mi tía y lo de los demás —decía con gesto serio—, cada vez que alguien vuelve de su tienda, viene con la misma cara de pesadumbre y andares cansinos. Mi tía cae rendida según llega a casa, ¿no me digáis que eso os parece normal?”. Siro sonrió, como cada vez que el tema salía a relucir, pero era la suya una sonrisa no demasiado sincera, era más una herramienta para espantar esas supersticiones veladas en las que no quería creer. Siempre que se mencionaba al viejo Salomón o a su tienda, o ambos, alguien sacaba lo de esos supuestos efectos en sus visitantes. Puras habladurías, pensaba el farmacéutico Ruíz, aunque en su interior, una pequeña luz de credulidad brillara solitaria, alimentada por cierta lógica ininteligible, para morir unos pocos segundos después.

Se hablaba de Salomón, pero se hablaba poco, y de pocos en pocos; y es que era algo de lo que muy pocos querían hablar. Si hubieran hablado más… Si hubieran hablado más, quizá alguien se hubiera dado cuenta de lo que en realidad ocurría, quizá doña Marina hubiera dejado antes de venderle sus cosas, de entregarle sus recuerdos, su vida al viejo usurero. Salomón, un usurero muy poco al uso, el único usurero despreocupado por el dinero. Y es que el viejo Salomón Arrenio no vivía del dinero, toda su vida tenía muy poco que ver con la del resto de seres humanos, desde hacía mucho tiempo. Hace mucho que dejó de necesitar el dinero, él buscaba otras cosas, vivía de otras cosas, menos prosaicas, más valiosas, mucho más valiosas. Se alimentaba de las cosas… Si alguien hubiera hablado más del viejo Arrenio, si alguien hubiera salido del barrio y hubiera hablado de él, quizá algo habría escuchado, alguna historia que le hubiera hecho pensar. Pero nadie lo hizo, casi no se hablaba de él dentro del barrio, nada se habló jamás fuera de él. Eran sus gentes sencillas, gentes de barrio a los que poco importaba lo que pasaba fuera de él, mucho menos fuera de su ciudad. Y ya no hay leyendas en las ciudades, ya no se escucha ni se atiende a los viejos cuentos. Salomón Arrenio no formaba parte de ningún cuento, desgraciadamente, pero en su existencia se atisbaban algunas verdades que hoy yacen enterradas en la oculta sabiduría de esos cuentos y leyendas, hoy desdeñados y relegados al ámbito de lo infantil y/o estrafalario. Si alguien hubiera hablado más, a otro tipo de persona, menos sencilla, menos urbanizada, quizá doña Marina se hubiera cuidado de él y de su tienda.

Había algo de lo que doña Marina nunca le habló a nadie y eran sus sueños. Sueños que se repetían, una y otra vez, sueños que hacían que su sueño no fuera nunca tan reparador como debiera, pero de los que rara vez se acordaba. Ay, si se hubiera acordado de estos turbadores sueños, a lo mejor entonces habrían cesado sus visitas a la casa de empeños de Arrenio. O quizá no. Para cuando doña Marina pudo darse cuenta, sus visitas no respondían ya a una necesidad monetaria, eran más una cuestión automática, una respuesta insomne a una fuerza mayor que su propia voluntad que la empujaba a acudir a la tienda con los últimos restos de sus pertenencias: las últimas fotos de su juventud, llenas de luz y de la felicidad de la infancia y la familia; los restos de una vajilla que brilló en plata hace muchos años, cuando le fue entregada a su madre como parte de un ajuar de boda; las sábanas en las que ella y sus hermanos durmieron durante años, de niños y de adultos, conservadas con mimo a pesar de las décadas transcurridas… Objetos que comenzaban por desaparecer en sus sueños, a manos de un Salomón Arrenio transmutado en un joven de coloridos ropajes y tocado con un extraño gorro de punta curvada, que entraba en su casa sonriente y le ayudaba, solícito y tranquilo, a embalarlo todo para él, para luego devorarlos sin miramientos, abriendo una horrible boca que, sin embargo, parecía seguir sonriendo aun con los objetos más grandes y difíciles de tragar. Una mañana, la que sería la última en el barrio para ella, extremadamente débil, más fuera de sí que nunca, menos ella de lo que nunca sería, llevó los últimos restos de su vida material, los últimos recuerdos de lo que ella fue, de lo que una vez fue su familia y su casa al local a pocos metros de su propio portal. Pocos notaron los últimos días de su decadencia, y es que pocos notaban, ya entonces, su mera presencia. Se paseaba por las calles en silencio, delgada en extremo, casi desaparecida a los ojos de sus vecinos. No comía, que ella supiera, no dormía porque sus sueños eran siempre interrumpidos por ese visitante irreal que los convertía en un duermevela insoportable. Era un despojo de lo que fue, pero a ella eso ya no le preocupaba, ella ya no sabía ni quién era. Doña Marina y su existencia se apagaban poco a poco, sin que ella ni nadie pudieran percatarse de lo que ocurría.

Cuando entraron en su casa meses después, cuando alguien, posiblemente Lárgula, la única persona que había estado cerca de ser su amiga en el barrio, la echó en falta, no encontraron más que marcos vacíos, camas sin sábanas, muebles pelados llenos de polvo, un par de cacerolas y algunos cubiertos baratos de alpaca. No había cortinas, ni manteles, ninguna foto o resto de ropa, era como si alguien se lo hubiera llevado todo antes de salir. Supusieron que doña Marina abandonó la casa y se marchó, sin más, pero nadie recordó haberla visto partir. Nadie pudo recordar ningún preparativo de la partida o similar. Doña Marina, simplemente, desapareció del barrio, junto con todas sus pertenencias. 

Lárgula sintió cierta desazón ante esa extraña y repentina, a pesar de los meses pasados, partida. Un tibio remordimiento le tembló en los labios por no haberse dado cuenta de la ausencia de su amiga en tanto tiempo, pero fue una sensación que no le duró mucho. Una sensación que pareció disolverse cuando intentó evocar alguno de los últimos recuerdos de Marina, recuerdos resbaladizos que le costó encontrar,  que se resistieron a aparecer. Incluso su cara, de rasgos suaves y agraciados, pero de mirada tremendamente triste, tardó en emerger de la bruma. Eso fue todo, en cuanto las legañas parecieron desprenderse de las matas de su memoria, Marina volvió a aparecer, como siempre, en uno de sus habituales paseos al mercado, tranquila y solitaria, sus desazones y remordimientos desaparecieron al instante. No era un recuerdo reciente, pero a Lárgula no pareció importarle, como tampoco volvieron a preocuparle esos meses de ausencia de su supuesta amiga, nada recordaba del periodo de tremenda decadencia que precedió a su ausencia definitiva, sus recuperados recuerdos se remontaban a un tiempo anterior y parecieron borrar todos esos meses inmediatamente anteriores a su desaparición.

Pero no sólo la memoria de Lárgula se vio afectada, casi manipulada, nadie más recordaba esa etapa de decadencia de la pobre mujer, ni siquiera Siro Ruíz, el farmacéutico, como nadie recordaba ya la pequeña casa de empeños o al grandullón de la boca torcida; el recuerdo del señor Salomón Arrenio flotaba en el aire como un resto de niebla,  invisible, sensible a las percepciones, pero imposible de alcanzar, ni siquiera con el recuerdo. Los que sufrieron los efectos de sus intercambios se recuperaron al poco de desaparecer éste, casi al mismo tiempo que su recuerdo se esfumaba entre los adoquines húmedos de la calle, un octubre enfrente del número 28 de la céntrica calle Moratín. El taller de chapa que al poco se instaló allí, terminó de silenciar los restos de su presencia en el barrio. La suya, y la de esos últimos días de doña Marina, de la que todos conservaron un recuerdo muy anterior a la aparición de un Salomón Arrenio que no pareció existir, que borró su paso por el mundo, al tiempo que se llevaba los recuerdos de lo que era y fue la pobre Marina. Y es que, como al impensable Salomón le gustaba decir: “No todo es cuestión de dinero”.

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