Por defender la tristeza,
la lágrima viva, el llanto,
la sombra de la aflicción,
el color gris de tus ojos.
Por defender lo perdido,
el dolor, la nube, el canto
desesperado, sordo,
de sufrir todo por dentro y por fuera.

Por saber cuando llorar,
por saber cuando reír,
por no vencerse al vacío,
por saberse resistir.
Por entender que los días
pueden muy bien no morir;
la pena, el ruido, la rabia,
son de un puro revivir.
Por la negatividad,
por el largo crecimiento
en lo peor de esta vida,
por no esquivar el momento,
por vivirlo, por volver
de lo oscuro satisfechos,
con cicatrices, con marcas,
con el corazón reseco.

Por tener a derecho a no
pasarse el día fingiendo,
ocultando las durezas;
poder optar al silencio
y a la noche como forma
de nuevos mundos despiertos,
lentos caminar descalzos,
clavarse cristal de espejo
en las plantas de los pies,
heridos, sangrantes, duros,
caminar sobre las brasas,
moldearse en lo profundo.
Por vivir la realidad
de ser sauves e inseguros,
calma y extremo extraño,
sensibles, raros, nocturnos.

Por dejarnos hacer de alegría y dolor,
de placeres y de penas, con problemas,
con faltas y con llantos, fallar erráticos
en la impasible condición de la existencia.

Sufrir. Reír. Morir. Vivir… Arder sin más.


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