A Tim Minchin
y a esa chica que hoy criticaba toda la violencia
con el lenguaje más violento que pudo encontrar.

Tienes miedo. Lo entiendo, yo también.
Yo vivo con el mismo miedo atávico:
miedo a la oscuridad, miedo a perder,
miedo a no llegar, miedo a no ser nada.
Dilo bien, dilo sin miedo, dilo alto:
tengo miedo al dolor, miedo a la muerte;
todos lo somos, todos lo tenemos.

Tienes miedo y quisieras no tenerlo.
¿Y quién no? Quién, dime, vive sin miedo,
que miedos hay de todos los colores
y formas, de todas las religiones,
de todos los sexos, razas y seres.
Tienes miedo y buscas una salida,
un bálsamo que te ayude a tragarlo.

Tienes miedo y prefieres refugiarte
al abrigo de tus medias verdades,
y no te culpo, todos lo hemos hecho,
y hasta hemos rabiado espumas subiendo
las lomas ardientes del odio viejo,
con sangre tuya entre los dientes, dedos
y uñas desollados contra la piedra.

Tienes miedo y, humano, te proteges,
contra todos: los que sí y los que no;
contra quien quererte a llegar pudiera,
contra los que tú crees no querer;
te escondes y solo escuchas tu voz,
y no hablas más que desde sus palabras,
y cedes al miedo, y te proteges, y te pierdes.

Tienes miedo y te ves vacío, solo,
y te carcome, te hierve el corazón
y olvidas escuchar antes de odiar
cada idea, cada mirada extraña;
y olvidas pensar antes del mordisco,
que todos están tan perdidos, más,
que todos se han de convertir en tus enemigos.

Tienes miedo y te abrazas al dolor,
al tuyo y al de los otros, sentido,
refugio último de bilis malsana;
que te duele tanto, que eres tan poco,
que es tan corta la vida como sufre:
¿y qué, si todos odiamos? Golpea,
golpea primero, fuerte, débil no te dejes.

Tienes miedo y por eso gritas tanto;
te entiendo, somos iguales en miedos.
Te daré una respuesta a tus heridas,
la única posible, la más sincera:
no hay remedio a tanto miedo, lo siento,
no hay unguento para todo el dolor,
todo eso va con la vida, que lo arrastra y lleva.

Y si tienes miedo, por qué perderte,
por qué no, al contrario, probar lo nuevo,
desentenderte y pensar por ti mismo:
salir al mundo, oscuro pero vivo,
y enfrentarte humilde al conocimiento;
y que las ideas tengan mil voces,
y cada persona una voz, un mundo,
relegar el temor por saberse hasta querido.

¿Cómo vas solo enfrentándote al miedo?
Lo sé, la ignorancia es brillante, y fácil,
y la ira, el silencio, son muy jugosos,
pero ¿no es mejor salir del letargo
al que flojo te vienes sometiendo?
No será mejor hablar que gritar,
no será mejor que antes escuchemos,
callados, mirándonos a los ojos,
y desechando todo el ruido, acabar por entendernos…

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