Dejar perder el amor
como se pierde la locura,
las ganas de seguir
buscando una guía roja,
muy roja, como el agua de roja,
y el fuego azul
que solo suena
cuando se queman entrañas
y ya no vemos
formarse bajo los
párpados del pecho.

En la última de las pasiones
nos fundimos con el olvido,
y así desaparece la piedra
ardiente que antes,
entrópica en todas sus fases,
de las más insignificantes,
a las enormes e inamovibles,
iluminara cada región
inexplorada del cosmos del sueño.

Rendimos a la suerte
de poder asirnos
juntos como luces juntas,
como rayos miríficos,
sorbiendo en cada charco
el reflejo tembloroso,
la punta fría del dedo
que nos rozara indiscreto
bajo el árbol de estrellas.

Grises como no encontrarse
así miramos al cielo,
que perdió los azules y los verdes,
hasta la hierba es de hielo
y se quiebra en cada recuerdo,
la arena ya no nos mancha,
no se atreve a pegarse
a la costra negruzca,
a la traidora piel
que se hizo de yeso,
de acero, de hormigón,
de metálica rebelión
batida en oros,
y entregó la llama,
perdió entre sus dientes
el aliento, la dulce saliva
de no pretender tenerlo todo,
de no querer entender nada.


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