De camino a casa, desarenado,
te veo andar, por delante, unos pasos,
veo tu pelo, ondularse, y tus manos
moldearse en tu risa, que es pecado;
te giras, sonríes, y yo obcecado,
empeñado en volver a disiparme
con el filo de unos dientes que truenan,
que besan la carne como la aceran;
de camino a casa me empeño en verme,
a mí, siguiéndote, y abandonarme.

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