Cartas para Lima XXII: escribirte, porque no sé hacer mucho más

por M.Bardulia
Cartas para lima XII: escondido

Querida Lima:

No sé dónde estarás, mientras escribo; no sé qué hay en la vida que pueda hacerme volver, de esta forma, recurrente, rabioso, inmisericorde, siempre hasta a ti; pero vuelvo. Seguiré volviendo, aunque ahora lo haga en la soledad de las tristezas y la sombra que, a veces, proyectan las luces de tus recuerdos. Y es que a veces la memoria quema, no duele, quema, y hace que arda en tu interior todo lo que toca. Hay días, semanas, meses, en que todo es tierra quemada, de un aroma ácido, difícil de esquivar, y el negro polvoriento, las cenizas que cubren ese espacio varioloso que han dejado las llamas, lo cubren todo de un tinte cetrino, desagradable, elevándose al aire, en cada pisada, en latido del corazón, una nube gris cargada de dudas.

No sé quién soy. Por más que busque, por más que intente aparentar que quiero ser, que puedo encontrar, que quizá esté, allí, dónde se supone que debo estar, cuánto se supone que debo ser, no soy. Es el vacío lo que me colma hoy. Me he recomido las ganas de escribirte, porque no es más que una forma oscura y maldita de escribirme a mí. Y estoy cansado, harto, empachado, ahíto de escribirme siempre, de describirme y pensarme, de no encontrar más que agujeros de negrura en el tejido de fondo de mi alma. Agujeros que son como tú, como mi recuerdo de ti, un peso, una culpa, el reflejo perfecto de un corazón cobarde. La vida pasa por encima de mí como una ola de espuma amarillenta, descubriendo los huesos bajo la arena, huesos doloridos, articulaciones maltrechas que ya no saben de andar, que no quieren seguir.

Escucho ahora tu piano. Sonrío brevemente. No lloro. Ya no sé llorar. No recuerdo la última vez que lloré. Sé que antes lloraba, lloraba mucho, lloraba siempre que había que llorar, pero me avergonzaba y aprendí a dejar de llorar. No sé lo que es llorar, salvo cuando las lágrimas se hacen letras y puedo derramar sobre el papel las escamas de sal de años de un llorar reseco. Escucho el piano y no sonrío, porque el dolor es tal, que escapa al control del pecho y se extiende en punzadas reales por todo mi cuerpo. Me muevo como una árbol seco estos días, como si fueran a partírseme las ramas, listas para ir al fuego. Quizá eso fuera lo mejor, echarse al fuego, y volver a empezara. Echar a esas llamas lo que creo ser, lo que fui, lo que he sido hasta ahora, que no es más que una equivocación, un error vistoso, una sombra, una fachada de la nada con la que me oculto detrás. ¿Qué soy? Solo sé que he sido, en breves suspiros en mi vida. Contigo fui, pero dejé de ser. Fui, otras veces, propiciadas por el amor. Me hiciste, me hicieron, sentir como si yo fuera yo y pudiera llegar a quererme. Pero siempre acaba, si no es por mi alejarlo todo, es porque todo acaba por alejarse, sin remedio, en la cobardía última de pretender esquivar la felicidad como una necesidad escatológica. Dios no es feliz, ni quiere que lo seamos; Dios nos creo en la amargura de quien no quiere existir.

¿Quiero existir? A veces me lo pregunto. Tan fácil, tan vulgar, pero tan profunda la duda. Ya no es vivir, es existir, es extinguir el último rastro de memoria, que solo es dolor. El mío, y el de quién me rodea y ha rodeado. ¿Dónde está el amor, si solo soy capaz de ver este mundo glauco, indiferente, entregado a la superficialidad del no: no quererse, no dejar, no mirar, no pensar, dejar de soñar? Soñar, sueño, pero solo dormido; los sueños despiertos, esos que antes tanto me alimentaban, esos que puede tocar contigo, Lima, hoy no son más que dolor, antesala del dolor, dolor prevenido, la crónica expresión de un alma que solo va atrofiándose, cada vez más, en la búsqueda de una conformidad con el mundo, mi mundo, un mundo que no elegí.

Escribo así, tan oscuro, tan libre, tan penoso, sin piel, arrancándome la carne de los huesos, porque nadie me lee. Siempre he odiado los diarios, pero, como en casi todo en mi vida, me engaño y me digo que te escribo a ti, que no es un diario, que no soy yo ni esto es fruto del peor de los narcisismos, ese que acaba siempre en tragedia. Querría escribirte, pero sé que no serviría de nada, que los fracasos son propios, solo nosotros somos los responsables, y si no vivir, hay que saber llevárselos hasta la muerte. Ojalá sea el final. Ojalá, como intuimos, en ese miedo cerval al momento de la oscuridad final, no haya nada más detrás. ¿Por qué prolongar el sufrimiento? ¿Por qué el dolor? ¿Por qué no dejar de recordar?

Eric.

Sigue leyendo

Deja un comentario