Caminar ya sin rumbo, dejarse llevar

por Somnoliento

La voz cascada y transida,
el sueño perdido y roto;
noches de espacio angustioso
se acumulan bajo mustia
verdad de oscuros raíles;
el vacío desflecándose
sobre la mañana gris
y el frío largo en los huesos
latiendo a su ritmo aciago,
mordiendo con saña el alma
que en cada decisión cruje,
que en cada obligado giro
hiede a sal húmeda, a muerte,
llamando al final temprano.
Tres nombres al cosmos damos:
sometidos como hermanos,
rotulados al trabajo,
empeñados al dinero.
Y así, sufrimos las luces,
sin ojos; sin manos; solos.

La pesantez de la rabia
no resuelta, almacenada
con mimo, bien dirigida
al batir de olas constantes,
plenas de rudeza y miedo,
que bañan las costas secas
de los cuidados desiertos,
cruel arrastra las rodillas
que otrora se estremecieran
libres en las aguas claras
de los ríos desecados
en la avidez y el mordisco
del monstruo desfigurado,
en sus dos enfermas patas
–garras por dos, veinte garras;
heridas de mil heridas–,
subido, de orgullo enchido.
Surco profundo mis brazos
dejan, las manos rasgando
el limo de lo perdido.

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