Veo a mi madre llamarme
con su mano ligera y fuerte,
agitando el mundo con sus dedos,
peinando la luz de un ancho verano
al otro lado del lago verde.
La veo como en un sueño,
el olor de la comida,
de los tomates,
del pimiento y la cebolla,
el crujir del pan sobre la mesa
y las migas que todo lo envuelven
en sus dorados sentimientos.
Mojado del agua helada
sonrió y acudo a la llamada,
reclamo y símbolo del día
partido, de los ritmos
que todo niño se lleva
de lado a lado,
alterando en sus juegos
las prodigios del día eterno.
Veo a mi madre,
siempre joven,
como ahora,
siempre alegre, sonriendo
desde la atalaya de sus ojos,
veo a mi madre
y corro de nuevo,
como siempre,
a cumplir con la llamada,
hambre de playa y piscina,
mañanas de sol
sobre la tarde tranquila;
noches de helados fríos,
las manos de mi madre,
el bálsamo de su rostro,
la santa quietud de su cariño…
Veo a mi madre
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