Prefiero destruirme, de mucho a poco,
que vivir pendiente de las moléculas
que como y respiro, que trago sólidas
cuando devoro, oscuras, pantanosas,
pelo a pelo, tus reverberaciones.
Pienso dejar que me encuentren y cazen
las mañanas desmarrido en las plazas,
parques y subsuelos, antes que, ardido,
contarme las horas pétalo a pétalo,
esperando que me alcance la rabia.
Pretendo desbaratarme cada hueso
hasta que, crujientes como el balasto,
le hagan la ronda a las noches de arena,
y arramplar hasta con la última lágrima
y empeñarla en deshacerme la piedra.
Confío en no comer, en no vivir,
en no ser contando, que no temer
que de morir, he de vivir muriendo;
confío en ser hasta la última espuma,
aunque al final, como todos, me duela.
Espero no hallar miedo en no mirar
lo que todos hacen, que demasiado
observan lo que los demás hacemos;
comer por comer, beber por beber,
mirar sin miedo, correr sin razón,
y al llegar lluvia no agitarme mucho
no evitar que moje la luz terciada
lo que debiera, deforme, inundarse;
esperar que es solo agua, no mover,
esperar, que es solo agua, no volver.


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