Tu opinión es una mierda (Te lo dije, ibas a ofenderte, aunque se que te gusta, un poquito al menos, que así dejas volar libres las pasiones de la indignación y el derecho). Mi opinión también es una mierda, no vayas tú a pensar que esto lo hago solo por ti (y también me ofendo conmigo mismo, y creo una singularidad híper masiva de ofensa concentrada). Nuestras opiniones son tal mierda (celebrémoslo), en tantos y tan variados campos, en temas tan dispares y comunes, que hasta da miedo pensar el nivel de mierdón que podemos alcanzar, todos juntos, unidos en nuestras opiniones de mierda.

Ya, sé que quieres opinar, y que estás en tu derecho, que todas las opiniones son válidas… Es tu derecho, sí, desde luego, porque nadie debe prohibirte que des tu opinión sobre el tema que te apetezca; pero lo de que todas las opiniones son válidas, ahí, discrepo. Discrepamos todos, queramos o no queramos, porque sabemos que no es cierto, aunque lo defendemos y sea hoy una especie de mantra que justifica a todos los que, como locas máquinas de opinar, se pasan el día, supurantes, opinando, no importa sobre qué: opinar, opinar y opinar, y cuanto más duro y brutal mejor, que no hay quien me pare… Derecho a opinar el que quieras, por supuesto, y defiéndelo, y lo defenderemos juntos si hace falta, tenlo claro. Pero eso de opinar puede que te salga por la culata, y habrás de aguantarte. Como te decía unas líneas antes, puede que tu opinión —es más, es bastante probable en tus opiniones y las mías—, esa que tanto valoras, sea, en realidad, una absoluta y total mierda y, por tanto, no válida; puede que, al final, todo resulte en un espasmo absurdo e inútil, una pedrada mal tirada, una patada en falso, un gatillazo o algo peor, si es que existe. En resumen: mierda seca.

Toda opinión que no esté fundada en un conocimiento profundo, continuado y serio sobre un tema, o en su defecto, en una experiencia de grado similar, no tiene por qué alcanzar el grado de válida, porque uno lo diga; e, incluso esas opiniones, formadas y científicas, pueden muy bien no serlo. Una opinión es válida no solo por lo que dice, sino por la base que la sustenta, las fuentes que la apoyan y las razones por las que se enuncia. Es más, si no nos estuviéramos volviendo locos, tendríamos esto mucho más en cuenta antes de opinar y, sobre todo, antes de intentar corregir o enmendarles la plana a aquellos, no solo más inteligentes, sino mucho más leídos y formados que nosotros. Y por eso, nada de que todas las opiniones son válidas, la realidad es muy distinta y nos enseña que, en este mundo de ignorancia creciente y celebrada, cada vez son menos las opiniones que podemos tomar como válidas; e incontables, abrumadoras, preocupantes, todas esas bocas y dedos que hablan sin pensar, sin saber, sin entender nada de nada. Y si no, se grita, que eso también está de moda, y funciona, vaya si funciona.

Y así, caemos en la falta total de respeto por el que sabe, por el que estudia y piensa más que nosotros. Y tranquilos, caemos en ese nuevo orgasmo moderno que es la ofensa por la ofensa: ofensa continuada, ofensa concentrada, en almíbar, envuelta en miel y rellena de crema. Ofensas al vapor bajo una aurora boreal en tu propia cocina o la de tu madre. Ofensas marinadas, ofensas crudas, ofensas, ofensas, ofensas. Y los ofendidos detrás, atiborrándose de ofensas. Y a su son, opinando qué es y qué no es, qué todo es ofensa y lo sueños ofensas son. Del error garrafal en el que hemos caído pensando que toda opinión es válida y merece la misma atención y respeto que cualquier otra, desciende esta nueva pasión inmunda de creer que solo por qué algo te ofende, alguien tiene que pedirte perdón o pagar por ello. La ofensa, desde que la humanidad es humanidad, o incluso antes de entreverarse con otras humanidades y llegar a ser lo que es hoy, ha sido siempre del que la toma. Te ofendes porque quieres, y así, tranquilamente, poder disfrutar de tu ofensa helada sabor limón.

Por concluir, te recuerdo -y al mismo tiempo me lo recuerdo a mí, que todos somos hijos de nuestro tiempo, reyes de Nueva Nueva Inglaterra- que tu opinión sobre: economía, sociología, sexo (más veces de las que crees, pichabrava), fútbol (país de aragoneses, en el que solo uno se llamó y se llamará Luis), feminismo (ignorantes e ignorantas), igualdad, libertad de expresión (don “mi opinión es tan válida como la de cualquiera”), historia, ciencia, religión y dios (seas sacerdote, papa o monja, no sabes ni más ni menos que nadie de la trascendencia, que por eso se llama así, trascendencia, porque trasciende tus limitadas capacidades, melón con faldas); tu opinión sobre qué tipo de tejado habrá de poner la comunidad, sobre lo que ofende y lo que no, sobre lo que uno hace o deja de hacer, sobre lo que nos conviene a todos o no… Tu opinión sobre todo lo que no domines, sobre todo lo que de verdad no poseas una razón estudiada y sólida, es, simple y llanamente, una puta mierda.

No quiero desanimarte a dar tu opinión, al contrario, pero cuando lo hagas, ten esto en cuenta y pregúntate: ¿estaré dando una opinión de mierda?. Así luego, quizá, cuando te toque, lo pensarás dos veces antes de ofenderte.


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