Me he imaginado,
y es que sé que imagino demasiado
de lo que no debo imaginar,
que mi costumbre onerosa
por seguir creando
lo que ni existe
ni será,
abriendo pequeñas grietas
en el mediastino plasmático
de mi alma inconsciente,
no tiene nada de humano,
es más una inhumana costumbre
por herir y hacerme sangrar,
por no estar nunca contento
con hoy,
nada,
ayer,
mañana.
Me he imaginado,
sin embargo,
mientras escuchaba tu invierno
que yo estaba sentado,
tumbado en tu sofá,
y tú encima,
y había fuego
en la chimenea,
un perro y un gato,
tu pelo al alcance de mis labios,
el latido suave de tu respiración
trashumante en las venas transparentes
de tu cuerpo a contraluz.
Me he imaginado
que la calma era
y que todo el miedo había desaparecido,
el tuyo y el mío,
el nervio,
el ansia,
la muerte,
el silencio,
que todo tenía, otra vez,
como entonces,
en esos segundos efímeros
piel con piel,
ateridos de frío,
muertos de calor,
hijos del hambre,
como quizá ocurrió,
ayer,
aunque pueda que lo imaginara;
me paso la vida imaginando,
imagino demasiado
lo que no debo imaginar,
porque solo duele,
nada sigue,
excepto la nada del hoy
y el púrpura decadente
de un vacío futuro
que duele,
pero no llega;
nunca llega.
Me he imaginado,
escuchando contigo,
¿te he dicho ya que te imagino?
Casi siempre a contraluz,
pero a veces también real,
real como este frío que corta,
que hace revivir la carne
y va cerrando esas heridas
que yo mismo me abro
cortando con el nunca,
jamás,
ya nunca;
duele,
pero la sangre caliente
calma el frío
¿y qué es el dolor
si no, al menos,
volver a sentir algo?




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