Eso creías

por Con Tongoy

Sí. Habías sido feliz hasta entonces. O eso creías. Pero si lo creí, será qué fue verdad, pensaste. Puede que estuvieras en lo cierto. La felicidad en nuestro mundo no es más que una cuestión de perspectiva. Nuestra felicidad puede suponer la tristeza de otro, así como nuestra tristeza suele otorgar la felicidad a otros. Pero, lo más importante, la felicidad puede muy bien ser falsa. E incluso siendo falsa, durar toda una vida. Y no nos engañaríamos, todo depende de la perspectiva, de la cantidad de espacio y tiempo que percibimos. Si no lo percibimos, no existe. Si no conocemos, nunca lo sabremos.

Tú no lo has percibido hasta ese fatídico fin de semana. ¿Has vivido una mentira hasta entonces? No seas dura contigo misma, no es el momento, no era una mentira, era tu verdad, que nunca puede ser verdad absoluta. Te topaste con otra verdad que solapaba a la tuya, que la ha deshecho por completo. No te culpes, estabas mejor antes, eso crees, eso te dicen tus ojos irritados de tanta rabia, eso  te dice un corazón de repente maltrecho, dolorido. Por más que le das vueltas no consigues encontrarle explicación. Quizá no la haya. No te esfuerces más, no deberías seguir haciéndolo. Eso es algo que tú sabes hacer bien, olvidar. Has olvidado otras veces, estás segura de que podrás hacerlo también en esta ocasión, pero no te atreves a reconocerlo, ni siquiera delante de ti misma. No quieres reconocerlo porque sería olvidar, y olvidar sería desprenderte de todo lo pasado en estos meses. Dejarlo ir no entra en tus planes, todavía.

¿Quién te marcaba el camino? Piensas, mientras reprimes más de esas lágrimas espesas, tan cargadas de sal que podrías haberlas sudado. Te llevas castigando días enteros, casi sin comer, bebiendo agua sólo cuando el nudo que se ha formado de tu garganta al estómago te lo permite. Aunque en realidad ese nudo seas tú, lo hayas formado tú y lo controles tú por entero. No tienes hambre, algo de sed, pero lames esas pocas lágrimas que siguen cayendo sin sentido por tu rostro, a modo de compensación inversa de tu estupidez. Te llamas estúpida, una y otra vez, pero no hay razón para hacerlo. Quién confía no es estúpido. Quién ama no es estúpido. El estúpido es quién por miedo no ama, quién por miedo deja de hacer las cosas, deja de disfrutar. El tiempo pasará, piensas, y sabes que olvidarás, pero no te consuela. Nada te consuela. Ni siquiera pensar en Juan. Juan siempre fue un consuelo. Le has maltratado más de una vez, pero ha estado ahí siempre. Desde niños estuvo contigo, y le has castigado por ello. Le has tenido en el limbo de tus sentimientos siempre errantes, de tu querer extremo y rudo. “El pobre Juan”, le ha llamado tu madre más de una vez. No es para menos. Y no es porque él sea distinto, que lo es, si no porque estuvo siempre allí, desde aquella primera vez, pesada, difícil y lenta. Y desde mucho antes, desde que de niño te acompañará por un camino oscuro de montaña de vuelta a tu casa, cada verano, cada día de aquellos largos veranos en los que os encontrabais. É ha estado allí, siempre, o casi, pero tú para él no. Tú para él casi nunca, o siempre, pero sólo a ratos, cuando te daba por recordar su calidez, cuando necesitabas volver de nuevo a sus brazos perennes y a esas palabras que parecen derretírsele en la boca cuando está contigo.

Hace ya tiempo que no le ves y ahora quieres verle, pero no le llamarás, aunque sabes que a él no le importaría, que correría a buscarte. Pero no quieres llamarle, no quieres volver a usarle, no ahora que te sientes tan engañada. No lo estás y lo sabes. No estás engañada, defraudada puede ser, pero nadie te ha engañado. Yo sí me he engañado, te dices, y eso te calma un poco, admitir la verdad relaja un poco tu estómago que empieza a dolerte por la falta de comida y la tensión de los últimos días. Dura poco la paz y en seguida le ves en brazos de otra, de muchas otras, sabes que será así. Eres consciente de que un hombre no es una mujer, de que él no sufre como tú, de que volverá a buscar el amor, eso que ha llamado amor pero que no lo es —él es el verdadero engañado, dices en voz alta, en un tono bajo por miedo a que alguien en casa te oiga—, en cuanto pueda reprimir su nueva fracaso. El suyo y el tuyo. No es un fracaso te dices, golpeándote la frente, sentada en la cama, de nuevo enfrascada en tu lloro semi vacío, no lo es para nada. Respiras e intentas alejar esas imágenes que vuelan sobre tu tristeza, posándose encima, haciéndola aún más profunda y dolorosa. Su cuerpo, sus manos grandes, sus labios siempre nerviosos, siempre serviciales y dispuestos a recorrer hasta el último rincón de tu cuerpo, quisieras o no… El sexo con él, tremendo en explosiones de color… Ahora serán de otra, de otras con las que hará lo mismo que contigo, complacerlas como a ti, mimarlas como a ti, regalarse a ellas tanto como lo hizo contigo,  mintiendo…

¿Mintió? Te preguntas. No tienes respuesta. Si hubiera mentido no se hubiera marchado. Quedarse hubiera sido quizá la mayor mentira, pero como puede alguien querer así, de forma tan intensa, y abandonarlo todo de un plumazo, casi sin anuncios o síntomas que te hubieran permitido predecir lo que se avecinaba. Esa intensidad no era soportable, no para él, era querer demasiado fuerte, se lo habías insinuado alguna vez, pero nunca creíste en lo de que “así se iba a cansar pronto de ti”, a pesar de saber que sus relaciones anteriores nunca fueron más allá. A pesar de saber cómo amaba, la pasión, su fuerza, su manera de follar, cada noche, cada mañana y cada tarde como si fueran la última. Creíste que contigo sería diferente, pero no te culpes, así somos todos, más tarde o más temprano. Te consuela pensar que a él también le ocurrirá, que llegará quién le atrape, quién se convierta  en el ojo del huracán que ahora el provoca, que te ha provocado y del que todavía sigues, irremediablemente, enganchada, girando sin parar. Y es que así es como te sientes, en un remolino, sin parar de dar vueltas y más vueltas, mareada de ver todas las opciones, todo lo que pudo ser y no será, todo lo que fue, todo lo que será a partir ahora, lo bueno y lo malo, y lo peor también; lo mejor te cuesta aún, no estás preparada para ver la luz pasada la tormenta que te provocó su ciclón oscuro y fiero.

¿Le atraparán? No estás segura. No estás segura de que esa forma de amar, relampagueante, tan atronadora como breve, sea real. No, para ti ahora no lo es. Es una compensación, un mecanismo de defensa, una respuesta a su miedo al mundo. Es un niño, joder, es un puto niño, dices y abrazas y muerdes la almohada empapada. No sabe amar, es puro impulso, y cuando ve que el impulso se acaba, cuando las emociones verdaderas arredran su simple existencia perfectamente sometida y medida en sus pulsiones, entonces huye. Escapa como ha escapado contigo. No, no sabe amar, por eso es único haciéndolo. Supones, pero no estás segura, sólo supones, conjeturas en tu búsqueda de una explicación que detenga tu cabeza trastornada. Pero no la hay, no la habrá hasta que seas capaz de mirar atrás y sonreír, aun con amargura.

Decides ir a beber un vaso de agua y a comer algo, por fin, pero antes de quitarte esa almohada mojada de tu cara vuelves a Juan. Es sólo un momento, piensas, y te dejas volver a él. Te recuestas de nuevo en su pecho, como otras veces y, poco a poco, en ese espacio entre el sueño y la vigilia que produce el sufrimiento mezclado con la falta de sueño y el hambre, vas retrocediendo con él en el tiempo. Abrazados, sentados en el suelo y abrazados. Pasas de un banco en su ciudad, que ahora también es tuya, a un tren perdido en tu memoria, para encontrarte después sobre esos campos verdes de vuestra infancia, y una noche de luna enorme, tan grande que sabes que no es más que un fruto irreal del recuerdo, acaba por convertirte en niña a su lado. Y te acurrucas, le escuchas hablar con ese resto de voz que siempre guardas en tu memoria y duermes, por fin, abrazando la nada, arañando con tus uñas su pecho, de nuevo lento, de nuevo y siempre paciente. 

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