por Somnoliento | Mar 25, 2015 | Libres, Poesía

De la magia

No queda más magia en el mundo
que la de la imaginación
hecha de palabras.
Y cuando las palabras
bailan, nerviosas,
creando versos,
nadando en rendondeadas rimas
–rotas, cortas, largas, bravas–,
se pueden tocar las ideas,
de las ardientes a las más dulces:
las que se escuchan y miran,
las que se paladean,
las que se acarician y besan.

Es en el extremo
de la niñez larga y plena
–como debe ser–,
que uno aprende
a no buscar más la magia,
da por vencida la magia,
su inmortalidad,
los duendes traviesos,
sus sueños vibrantes
a plena luz del día…
Se pierden al compás
que marcan los mundos reales:
el dolor; la pérdida;
el tiempo; la muerte.

Pero es en ese vacío
que nos dejaron
los cremados hechizos infantiles,
donde crecen,
aún a la sombra
de unos pasos ya tardíos,
nuevos verdes supurantes de colores
engendrados en las nuevas místicas,
olvidadas, ignoradas,
de las realidades
que escapan a la terquedad
y a su hastío rampante.

No queda más magia en el mundo
que la de la imaginación
hecha de palabras.

Surge la magia
siempre en el mundo,
detrás de las formas concretas
que aturullan nuestro cerebro,
aunque lo devaluemos,
depauperemos,
desequemos su savia;
muta y se convierte,
empapa hasta las últimas muescas
de los brazos partidos,
desde y por nosotros,
transformando las hierbas
que atrás ya se desperezan.

Son las palabras
los espectros acuosos de la vieja magia,
es la poesía la última frontera del mago,
la única capaz de cambiar
hasta lo que a tocar no llega;
la única que puede iluminar
hasta en la sólida oscuridad
de la presente sombra.
Es en sus naves
que nos alzamos hasta el alcor
que los mares del mundo domina
cantando zambras, secas;
Es en sus velas
que sacamos alegrías
del fondo de los resto horrendos
del último pico de asfalto.
Y enfrentamos a la tormenta
bajo las nubes pesadas,
rumiamos lo sueños
al brillo de su granizo buido.

No queda más magia en el mundo
que la de la imaginación
hecha de palabras.
Y cuando las palabras
bailan, nerviosas,
creando versos,
nadando en rendondeadas rimas
–rotas, cortas, largas, bravas–,
se pueden tocar las ideas,
de las ardientes a las más dulces:
las que se escuchan y miran,
las que se paladean,
las que se acarician y besan.

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