En la Sagrada Oscuridad

“Destellos en la oscuridad. Eso somos. Sólido reflejo de la oscura materia. Intangible creadora. Principio y final.” Se repite las letanías aprendidas desde su infancia: “en la oscuridad, en la oscuridad…”. Está tranquilo, aunque el corazón le late acelerado. De los últimos tres elegidos, sólo él ha conseguido llegar. Irá solo en el próximo transporte, el resto deberá esperar. Si es digno. Si aguanta…

Es La Purga, el final antes de la partida, la prueba que separa a los puros de los impuros, a los fuertes de los débiles… A los elegidos, del resto indigno.

Los primeros dos días no come ni bebe nada. Nada. Es la parte fácil. Ha dedicado su vida a ello; no es su primer día de ayuno. La oscuridad le reconforta, “la oscuridad lo es todo, la esencia de todo”. El tercer día, tal y como está marcado, recibe la primera dosis del líquido ceremonial. Una pequeña luz rojiza emana del pequeño baso sobre la bandeja que se abre en la pared. Bebe sin pensar, musitando antes la fórmula debida: “Nada existe, sólo la sombra; nuestra sangre y la oscuridad, y la oscuridad…”.

El viscoso líquido parece abrasar todo a su paso, desde que roza sus labios, hasta el extremo final de sus intestinos. La primera convulsión es brutal, siente como si le partieran en dos. Se retuerce en el suelo de dolor. La vorágine se apodera de todo y la oscuridad se agita de forma frenética. Gira sin control, gimiendo, estremeciéndose a su contacto.  Vomita de forma brutal y sus esfínteres estallan, evacuando sobre su túnica gris, empapando el suelo de la estancia. Se quema por dentro. se retuerce y se siente caer más allá del propio suelo, envuelto por la tormenta oscura que le rodea.

Abre los ojos. El dolor ha pasado, el líquido ha arrasado con todo en sus entrañas, se siente vacío. No sabe el tiempo qué ha pasado. El fuego ha pasado, dejando una sensación de tranquila calidez. Está débil y aturdido, pero ha superado la primera toma. Las olas que agitaban las sombras también se han calmado y su vaivén es ahora lento, casi rítmico. El olor es fuerte en la estancia, a sudor, a vómito y heces, está sucio, y frío, débil… Se levanta como puede, apenas si sostiene en pie. Parece que el tiempo no existiera. Respira, contempla las sombras a su alrededor, mueve su manos y las sombras se mueven con ellas respirando en tonos de negro antes imperceptibles. Juegan con él…

El vaso aparece de nuevo al poco, bajo su luz tenue y de tonos rojizos. La segunda toma. Vuelve a tragar el líquido sin pensar; no debe dudar.  Esta vez pasa sin dejar más rastro que el de un suave calor en todo su cuerpo, que lo recibe con una leve punzada en el estómago. Las sombras vuelven a ondularse a su alrededor, por un momento parece que todo vaya a volver a explotar, pero se calman. La oscuridad se contonea a su alrededor, le envuelve y toma de él.

“Verás el pasado. Verás tu futuro y el de todos nosotros. Verás la marca de la noche eterna.”

Conoce el ritual y conoce sus palabras al detalle. Miles de planetas giran a su alrededor, millones de estrellas, formas de vida, seres con los que ni siquiera ha podido soñar… La oscuridad le habla de mil maneras distintas, le habla a través de las galaxias, de los grandes sumideros cósmicos, desde el mismo origen y el final de todo. Miles de voces a la vez, el universo nace y muere, una y otra vez, se ve morir con él, ve como estalla y renace con él. Se siente exhausto. Se derrumba sobre el suelo frío de la celda. El vaivén de imágenes, el viaje que no parece tener fin es demasiado para él y acaba por desmayarse.

Despierta. Abre los ojos y una nueva toma esta lista, brillando de forma fantasmal en su pequeño recipiente. Toma la tercera y última dosis, arrastrándose por la celda. Por primera vez duda de sí mismo; está casi al final pero no sabe si podrá soportar esa tercera y última toma. Se sienta, derrengado, apoyado contra la pared. Respira con dificultad, el aire se hace más pesado y una presión, suave al principio, casi delicada, crece, poco a poco, sobre él. La oscuridad se vuelve sólida, se oscurece en sus propias sombras. Siente como es engullido por una masa, ahora informe, ansiosa, violenta… Le fuerza, quiere romperle, penetrar en él. Ya no viaja, no ve nada, no tiene la certeza de seguir siendo él mismo, de ser algo. Desaparece… Su cuerpo, su mente, se desvanecen. Sabe que no tiene que resistirse. Debe dejarse llevar hasta la muerte. Lucha contra su propio cuerpo y mente, que se resisten instintivamente ante la asfixia, ante esa inevitable desaparición. Se hunde en la asfixia y en la noche…

Despierta, de nuevo. Mira a su alrededor. Está vivo. Su corazón late, respira. Una puerta se ha abierto en la pared, destacando un brillo lejano. Se arrastra como puede a través de ella. Ha vuelto a la vida. Otra sala más grande se abre ante él. En el centro distingue el resplandor del baño ritual. Los tres recipientes están en su lugar. Sabe que debe tomarlos, antes del baño. Los toma en su orden correspondiente. Está hambriento y muerto de sed, pero los tres líquidos le hacen sentirse renovado. Su cuerpo recupera su fuerza y su mente se aclara. Se levanta, estira sus miembros entumecidos. Observa la oscuridad a su alrededor. Nada parece haber cambiado, y sin embargo, se siente distinto, lejano de sí mismo, de su antiguo yo. Ha superado el ritual, está listo para partir. Piensa por primera vez en el éxito. Se despoja de su túnica de novicio y se sumerge desnudo en el baño ceremonial. Se deja llevar. Su cuerpo es lavado y purificado, se permite sentir cierto orgullo, aunque que sabe que no debería.

Espera. No siente frío. El agua sagrada ha sanado los restos de su viejo cuerpo impío, el ritual ha purgado su alma. Está listo. Se encienden las luces rojas de la sala y una puerta se abre en el lado opuesto de la misma. Cruza a través de ella. Al otro lado, una luz blanca le golpea como un martillo

–Tranquilo, tus ojos rechazan la luz.

Escucha la voz pero no consigue ver de dónde procede. Es alguien mayor, sus voz denota vejez y solemnidad.

Sus ojos se acostumbran a la luz pasados unos minutos. Delante de él distingue la forma encapuchada de un hermano ordenado. Está sentado en un banco de piedra, justo delante de una fuente blanca de la que brota un agua cristalina. El sonido es relajante, pero sabe que no debe pensar así. Le cuesta mirar alrededor todavía. La luz es atroz. Le confunde aquel recinto. Un sala blanca, rodeada de una estructura de cristal y una fuente moldeada en mármol blanco en su centro,  Nunca le han hablado de aquello. En su exterior, puede distinguirse un auténtico vergel; praderas de césped como pocas veces ha visto, un bosque frondoso de miles de árboles, de todas las clases, animales moviéndose sin miedo, un gran río con una corriente tranquila fluyendo hacia el horizonte… Es una visión blasfema para un lugar tan sagrado; después del ritual, es un hombre puro, un hombre listo para recibir el don de la sombra. No tiene sentido, piensa, en el momento más solemne de su vida… Y a pesar de todo, no puede evitar sentirse atraído ante aquella belleza, ante aquella paz absoluta que parece emanar de la imagen que tiene delante; es una especie de sueño, de visión beatífica, casi irreal…

–Que no te turbe lo que ves. Este es el último escollo por salvar, la última piedra en el camino –el anciano habla desde el fondo de su túnica, apenas si distingue sus rasgos desde donde está.

Comprende. Es la antítesis de su credo. La luz presidiéndolo todo, y con ella, sus engaños, la paz que no existe salvo en la sombra, el sentido que no se hallará salvo en la absoluta oscuridad. Escucha el agua fluir, la siente, siente el viento en su cara a pesar de estar dentro de la estructura de cristal. Huele las flores y la hierba húmeda, con una escalofrío se ve uno con la naturaleza, con la belleza que le rodea, sonríe…

¡No! Grita. Se yergue, abre los ojos, da un paso atrás y agita sus brazos. Recupera el aliento, estaba ahogándose…

–¿Comprendes ahora?
–Comprendo
–¿Abandonarás los engaños de la luz? ¿Para siempre?

No duda. Recupera su condición y su dignidad.

–Los abandono. Para siempre.
–¿Eres digno, entonces?
–Soy uno de los dignos –sabe que tiene lo que tiene que responder, la tensión se desvanece, y con ella siente como se desprenden de él los restos de sus viejas sensaciones.
–¿Viajarás?
–Viajaré
–¿Aunque nadie sepa lo que encontrarás en tu camino?
–Me arrojaré en los brazos de la oscuridad, nuestra madre.
–La luz no es nada…
–… La oscuridad lo es todo.
–Parte entonces, tus labios ya son negros –El anciano levanta un brazo, señalándole la puerta que sale a aquel jardín idílico, casi inverosímil.

Siente sus labios, La Purga los ha teñido de negro, agrietando sus comisuras, endureciéndolos, santificando su voz; la apariencia de un verdadero hermano. Siente cierto orgullo, pero se avergüenza, no debe sentir, debe reprimir toda sensación espuria. Finalmente, camina. No se despide. No hay ninguna palabra de ayuda, no hay más ceremonias, cogerá el transporte a la luna negra, él solo, lo que ocurra allí forma parte de los misterios sagrados de la orden, nadie puede hablar de ello…  Debe salir.

Nada más cruzar el umbral luminoso, todo parpadea y desaparece. Una ilusión. No queda nada del paraíso que antes vibraba en el exterior. En su lugar sólo hay una gran sala iluminada por la preceptiva luz roja. Es un hangar, un puerto. Debe viajar.

–Ya estás aquí –un hombre, extraño, vestido con traje de piloto le habla desde la rampa de entrada a la pequeña nave–. Ya era hora. Sube, tenemos que salir cuanto antes.

No es de la orden. No hay pilotos, no hay profesiones en la orden. Sabe que se sirven de indignos para estos trabajos, pero su falta de ceremonia le incomoda. Él ya no es un cualquiera, y pronto será uno más entre los dignos.

–No te quedes ahí parado, sube de una vez.

A pesar de sus modales, se contiene. No dice nada. Tal y como le han dicho, cruza el hangar y sube a la nave por la rampa trasera.

–¿Sabes dónde vamos?
–Lo sé, donde voy es donde tengo que ir. Mi destino ha dejado de pertenecerme.

Una ligera sonrisa irónica asoma a los labios del piloto, pero no se inmuta. “Indignos, ignorantes –piensa–, no saben nada”. Está exultante, nada podría hacerle perder su devoción en esos momentos. Recorre con su lengua sus labios endurecidos, el símbolo de su entrega, los siente extraños, como si no fueran del todo suyos. En la zona de carga, otro tripulante se afana en asegurar algunos bultos con el sello de la orden. Se gira y le mira fijamente. Hay algo distinto en él, algo menos frívolo. Es de mayor edad que su compañero, y su gesto es más serio, pero su mirada es lo que le descoloca, parece taladrarle con aquellos ojos de un color cercano a la amarillo.

–Bienvenido, hermano, , por favor, suba las escaleras –dice, su voz es profunda, y su tono comedido y respetuoso; señala unas escales a su derecha– y diríjase por el pasillo central a la zona de transporte. Nos ocuparemos ahora mismo de que esté cómodo y de que su viaje se desarrolle de la mejor manera posible.

Le ha llamado hermano. Es la primera vez que alguien lo hace, pero él no lo es, no todavía. Falta un último paso, ese viaje, y algo más, algo que desconoce por completo. Hace lo que l dicen, sube la escaleras y toma el pasillo central que queda a su izquierda en la cubierta superior. Tras dejar atrás dos puertas laterales, llega a lo que parece la zona de transporte. El pasillo se ensancha en una pequeña sala de forma ovalada, en la que se alinean una serie de asientos en ambas paredes paredes. Un poco más adelante, la sala se abre aún más y puede distinguir  lo que parece ser la zona común, con un par de meses alargadas y un espacio de cocina. La nave parece preparada para una tripulación de al menos diez miembros.

–Siéntese dónde quiera –insiste el más joven de los tripulantes, que ha aparecido por uno de las puertas en los laterales de la zona común–, de los asientos de viaje, me refiero; no le está permitido estar en las mesas de la cocina durante la salida y la aproximación final. No queremos que le pase nada al señor.

El tono sardónico era demasiado evidente, pero no se rebaja a mostrar indignación. Se dirigen al lugar más sagrado en todo el universo conocido. El centro de su orden. El momento que llevaba esperando toda su vida. Sabe que le espera alguna prueba más, algo de lo que nadie ha osado hablar jamás. ¿Por qué? A pesar de su emoción, de su absoluto orgullo, no puede reprimir cierta sensación desagradable ante la perspectiva indefinida de su futuro más próximo.

Se sienta y se ajusta los anclajes de inercia. A pesar de sus esfuerzos, el piloto más joven revisa todo el proceso y le dirige una mirada de suficiencia.

–Asegúrese de estar bien anclado cuando se lo notifiquemos, no queremos tener ninguna sorpresa.

Se marcha por la puerta central, al fondo de la sala. Pasan unos minutos y al fin escucha la voz del mayor de los pilotos surgiendo del comunicador central de la nave.

–No esperamos a nadie más, así que despegaremos inmediatamente. Conoce nuestro destino, no hay escalas de ningún tipo, por ello no estamos autorizados a hablarle de la duración del viaje, espero que lo entienda. Esperamos que el viaje sea de su agrado, si necesita cualquier cosa, no dude en comunicarse con nosotros.

La salida es más brusca de lo que espera. No hay ventanas, no puede ver dónde están, pero sabe cuando dejan la atmósfera, el vuelo se vuelve repentinamente suave. Es el vacío. “El vacío es sagrado, ni las estrellas lo llenan”. En su vida, las “Zauras” han sido su guía y su única distracción desde que fuera un niño y le dejaran en el templo. Las ha repetido una y mil veces hasta aprenderlas de memoria, y ahora le dan fuerza, le ayudan a mantener a raya su intemperancia en tiempos de duda. Constituyen el eje de su existencia. “Construimos el camino de las sombras, lo habitamos dentro de nosotros, preparamos su venida irremediable”.

Repitiendo las viejas letanóias, comienza a sentir una fuerte somnolencia que se va haciendo más y más irresistible. “No es digno de mí –murmura, casi entre sueños–, no es digno de mí…”. Pero el sueño le vence sin que pueda hacer nada por remediarlo. Un sueño extraño, un sueño sin sueños, pesado y vacío, muy vacío, tan vacío que siente miedo en su sueño, un miedo cerval.

–Eh, despierta, venga, despierta de una vez…

Escucha una voz, como un eco lejano. Alguien le llama, le pide que vaya. No puede, está como atrapado, el peso es mayor de lo que puede levantar. Se encuentra sumergido por una luz terrible, cegadora y pesada. No puede salir.

La voz le sigue llamando, siente como le agitan, tiran de él, pero sin éxito, no puede despertar. Al fin, la luz se desvanece con un frío inesperado…

Se despierta y está mojado.

–Joder, lo que ha costado despertarle.

Está algo mareado, pero distingue a los dos pilotos encaramados sobre él. Le cuesta fijar la vista.

–¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

–Estas en la misma nave que antes, te has quedado dormido, y bien dormido.

—¿Cómo? ¿Es imposible? No es digno de mí.

–No se preocupe, hermano –hablaba el más viejo de los dos, apartando al otro con un gesto algo más brusco de lo normal–, es habitual, no es un viaje fácil y sabemos que el ritual puede resultar extenuante.

¿El ritual?, piensa. ¿Qué sabe él del ritual? ¿Cómo puede saber? ¿Tan metidos están en la orden?

–Otros hermanos suelen sufrir un efecto similar en el viaje, no es nada indigno.

¿Otros hermanos? Le extraña el mero hecho de que sepa de sus rituales, pero más el hecho de que esté al tanto de su condición. Le observa con detenimiento. Su rostro despide una especie de paz, de tranquilidad algo forzada.

–¿Cómo puede saber eso?

–Perdóneme, hermano, son muchos años al servicio de la orden –hace un gesto de respeto con la cabeza al decirlo. El otro ha desparecido en la cabina–Ahora tengo que pedirle que baje de la nave, nosotros tenemos que asegurar la entrega de la carga, pero no estamos autorizados a bajar.

Le mira una vez más. Hay algo extraño en él, pero no sabe qué es. Es esa muestra de evidente respeto, el contraste con el carácter irrespetuoso de su acompañante, lo que le  escama.

–Por favor, hermano, cuánto antes descienda, antes podremos dar por terminado nuestro viaje. Le están esperando.

Sigue algo atontado mientras desciende por la rampa trasera de la nave, pero al toparse con el exterior las brumas se disipan y no puede evitar un exclamación de asombro.

Se encuentra en una plataforma de aterrizaje sobre la misma superficie de Nixé, la luna negra, su luna. Todo a su alrededor, toda la tierra es negra, negra como el mismo espacio, y la única luz a su alrededor es el brillo rojizo que proyecta el gigante gaseoso al que acompaña la luna en su viaje alrededor de la antigua enana roja. Es una luz difusa, indirecta, como en los salones y templos de la orden. Toda la luna parece un templo enorme, desplegándose e a su alrededor. Apenas si se ha percatado del frío o del tenue aire que respira.

–Hermano, por favor, tenemos que entrar, el aire del exterior no es respirable más que unos pocos minutos.

La voz proviene de un hermano de túnica roja –un alto rango pare recibirle  el tratamiento de hermano es meramente cordial, no tiene por qué dirigirse a él con ningún formalismo, el mero hecho de que lo haga es una gran deferencia por su parte–, situado junto a la única entrada que ha podido ver en los alrededores. No hay ninguna construcción más que puede verse a simple vista, sólo praderas y montañas de tierra negra, un gran planeta de negritud.

–Acompáñeme y le enseñaré. Todo en esta luna es subterráneo, nos ocultamos de la luz.

–Nos ocultamos de la luz –repite, y se dirige hacia donde el hermano ya ha abierto la puerta de lo que parece ser un ascensor.

–Bienvenido a Nixé –se lo dice con ceremonia, pero no hay ningún tipo de entonación en su voz, sólo eso, su voz.

Descienden a las profundidades de la luna.

–Gracias, hermano –imita su entonación, aunque sin mucho éxito; no es más que un vano intento por practicar el vacío…

No dice nada más hasta que llegan a su destino. Del ascensor salen a un corredor tallado en la piedra negra, de unos treinta metros de largo. Caminan a través de él, su paso es rápido, decidido, no hay palabras, su guía no se gira a comprobar si le siguen, espera ser seguido. Se detienen ante una gran puerta de aspecto metálico.

–Aquí comienza tu verdadera vida, novicio.

Murmura una palabra ininteligible y la puerta se abre . La visión no puede ser más sobrecogedora.

Ante él se muestra una enorme sala rectangular, la más grande que ha visto jamás, rodeada de enormes columnas, todo ella tallada en la propia piedra negra de la luna, pero con un nivel de detalle y de precisión que supera la de cualquier construcción que haya visto en su vida. La visión es asombrosa. Una luz idéntica a la del exterior lo alumbra todo, pero no puede ver de dónde procede, es como si se filtrara entre la piedra desde la superficie. Se refleja en el suelo, sacando extraños formas en sus brillos. Los azulejos están tallados con sumo detalle en un negro profundo, veteados de distintos tonos grises que imitan una especie de oleaje. Están pulidos hasta parecer de cristal, un cristal negro. En el techo se distinguen formas talladas, parecidas a las grecas que animan el suelo, pero de una magnificencia que corta la respiración. El efecto de la luz, con el reflejo del suelo, hace que parezca que se agitan y se mueven, que vuelan sobre ellos llenas de vida. No puede evitar pensar en el ritual y en el mar de sombras que ha contemplado y sentido; una extraña sensación de ahogo le domina por un momento, como si volviera a ser engullido por ellas. Flaquea, siente un mareo que no debiera. Se siente sucio, débil. No sabe si es su cuerpo o la simple contemplación de aquel espectáculo. Un gesto de su acompañante y guía, que ya se ha puesto en marcha, le saca de su ensimismamiento.

Atraviesan la sala por uno de sus extremos más cortos, justo pegados a las columnas. Observa como en ella se mueven decididos otros muchos hermanos. Cruzan la sala, pasean por ella, en grupos, en parejas, solos. La única decoración son algunas figuras de arena oscura, arena de la misma luna, situadas a intervalos regulares, como marcando puntos concretos entre las columnas.

Esta es la Gran Sala Roja, el centro de la luna y, por tanto, el centro de nuestro orden. Hasta aquí llegan y de aquí parten todos nuestros caminos. Sólo hay un sitio más importante que éste –dice su acompañante, sin girar su cabeza, al tiempo que avanza sin detenerse.

Al llegar al otro extremo y cruzar las columnas, puede ver como se abren innumerables puertas en las paredes de la gran sala. Cruzan una de ellas y penetran en otra sala menor, de la que parten tres escaleras. Cogen la del centro, sin detenerse un momento. Nadie le ha mirado, nadie le hablado, a pesar de haberse cruzado con muchos otros hermanos. Es consciente del color gris de su túnica, de su aspecto de novicio recién iniciado, es más consciente que nunca de la insignificancia de su persona.

Descienden tres tramos de escaleras similares, hasta llegar a otra sala pequeña. Vuelven a atravesar corredores y salas, bajando escaleras, dejando atrás más hermanos de los que ha visto en toda su vida. Por fin, toman un corredor que termina en otro ascensor, su guía vuelve a pronunciar otra palabra y la puerta se abre para ellos. Descienden otros tantos metros hacia el interior de la luna. Caminan de nuevo, y, tras abrir su guía una nueva puerta con su sola voz, bajan por unas escaleras de caracol que se le hacen interminables. Se da cuenta de que hace rato que caminan solos; el silencio es sepulcral, casi místico, y la luz muy tenue, casi inexistente. Al llegar al final de la escalera,  todo parece cambiar; las paredes, el suelo, el techo, todo parece más rústico, menos trabajado, más antiguo. Tras atravesar un último corredor, se detienen delante de una pequeña sala de techo abovedado con una puerta al fondo. En las paredes de la misma se abren seis nichos ocupados por hermanos con túnicas negras. Su aspecto es viejo, muy viejo, su movimiento es casi inexistente, está como petrificados. Se percata de que no hay luz, la luz roja, en lo que supone  las profundidades de luna, parece haber desaparecido, sin embargo, puede ver. No puede reprimir un escalofrío de satisfacción.

Su guía le hace un gesto con la mano para que se quede donde está y se adelanta. Le ve caminar, pero no oye nada, no se escucha el menor ruido, el silencio es el más profundo que ha escuchado en su vida, las paredes se lo tragan todo. El túnica roja parece ignorar a sus hermanos en los nichos, y estos a él. Se detiene delante de la puerta. La puerta no le parece normal, es como si estuviera tallada en un material distinto, ni piedra ni metal, algo… orgánico. La oscuridad se condensa a su alrededor, es más sólida en sus contornos. No escucha nada, pero puede sentir como su guía murmura delante de la puerta, siente una vibración, algo más profundo que las palabras. Finalmente, se gira y con un ceremonial gesto de su mano derecha, le indica que se acerque.

Camina despacio, pero decidido. No piensa en nada. No quiere pensar en que esta sea la última etapa de su ritual, de que esté a punto de vivir la experiencia más sagrada de su vida. Una experiencia tan sagrada, que nadie ha hablado de ella jamás. Mira a los lados, los hermanos envueltos en sus túnicas negras parecen confundirse con la pared. No hay nada en ellos y, sin embargo, siente su mirada, siente sus vidas observándole.

A llegar a la puerta, comprueba como ésta, que parecía haber estado cerrada todo el tiempo, se abre ante sí.

–Si la sala es el centro de la orden, esto es el corazón, el corazón de todo nuestro credo, el corazón de todo lo que es. Entrégate a él. –su guía inclina la cabeza y le invita a pasar. Se retira. No hay más palabras, apenas existe un ápice de luz en la sala. Al otro lado de la puerta está la nada, nada más. La oscuridad más penetrante. Duda de que haya habido puerta en ningún momento. Duda… Pero entra, y la oscuridad se cierne entonces sobre él.

 

 

¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dónde estoy? El sentido de la realidad parece haber desaparecido. No sabe si pisa o si está colgado de los pies. No sabe si respira o ha muerto, si tiene frío o calor, o los dos a la vez. Se mueve, pero no sabe si mueve, no sabe si se agita y se revuelve. Quiere gritar, pero no sabe como.

–Tranquilo…

Una voz en lo profundo. Una voz de mujer. ¿O de hombre? ¿O de varias mujeres y varios hombres a la vez?

–Tranquilo, lo peor ha pasado ya, déjate abrazar, déjate llevar.

Una sensación de calma le invade. Se atreve a hablar.

–¿Quién seres?

–¿Quién soy? Lo soy todo, somos todo y nada, somos tus padres, soy tu madre. Somos la oscuridad, somos la nada, venimos de la nada, creamos la nada.

Un repentino éxtasis le envuelve y es consciente de nuevo de su cuerpo, de su insignificancia.

–Lo siento, señora –se oye murmurar.

–Tranquilo, déjate llevar. Somos todo.

No ve nada, no como lo vería con sus ojos, pero ve las sombras deslizarse a su alrededor, como tentáculos, como enredaderas que recorren su cuerpo. Se relaja, todo lo que puede. Siente como suben, como avanzan sobre él, buscan su boca, no lo sabe, pero lo sabe.

–Tranquilo… –las mil voces murmuran, como si fueran una –Tranquilo, déjate llevar.

Las siente en sus labios. No tienen sabor, ni temperatura, pero las siente entrar en su boca. Se ahoga cuando entran en su garganta, pero no puede hacer nada, está paralizado. De nuevo, vuelve a asfixiarse, de nuevo parece que volverá a morir, pero ya lo ha pasado una vez, sabe a dónde le llevará. No se resiste más. Se deja tomar. Se deja enterrar por la oscuridad y la sombra. Desaparece.

De repente, un chillido. Un grito como nunca ha escuchado. Es estridente, se clava en su cerebro como un cuchillo, le destroza los tímpanos, pero sigue escuchándolo. Siente como las ramas de la sombra se agitan en su interior, intentan escapar y le desgarran en su camino, de dentro afuera. Se siente morir, otra vez, pero esta vez es distinto. Lleva su mano a su boca y nota la sangre caer a borbotones. Un segundo. Una luz cegadora, y nunca más.

 

 

–Funcionó.

–Funcionó, le dije que lo haría.

–Lo sé, pero nunca no confié en su idea.

–También lo sé, pero yo sí confiaba, y ya lo ve… Perfectamente ejecutada, y con un resultado incluso mejor de lo que esperábamos.

–¿Mejor?

–Sí, mejor, no sólo hemos volado su luna por los aires, atacando al corazón de esa maldita y retorcida secta, sino que, además, no hemos detectado ni rastro de la grieta. Parece que la explosión la cerró por completo.

–¿Lo dice en serio?

–Me lo acaban de confirmar. Nuestros expertos dicen que quizá estuviera unida a la misma existencia de la luna, enraizada en su núcleo, al volar una, hemos acabado también con la otra.

–¿Habían previsto algo así?

–La verdad es que no, nuestras mejores previsiones hablaban de alguna interferencia o desequilibrio de la misma, quizá dañarla por un tiempo, pero nunca cerrarla por completo.

Su excelentísima persona se quedó pensativo unos instantes.

—¿Qué haremos ahora?

–Seguir con el plan previsto. Negarlo todo y mostrar nuestra mejor cara ante la gran catástrofe, mientras acabamos, poco a poco, con los restos de su credo.

—El plan previsto…

–¿Algún problema?

–No, pero ese plan previsto sólo nos atañe a nosotros, esperemos que la respuesta de esos malditos clérigos fanáticos no escape a nuestras “previsiones”– el presidente pronunció estas últimas palabras con la suficiente ironía.

–¿Qué van a hacer? ¿Rebelarse? Justo ahora que no pueden ordenar más clérigos. Hemos roto el corazón de su orden, su fuente de poder, qué pueden hacer si no dejarse morir…

–Mi querido mariscal, no subestime usted el poder de la fe, más tratándose de estos extraños especímenes. Usted y yo sabemos que su poder es más real de lo que podemos admitir.

El Mariscal enmudeció. Sabía bien a que se refería el presidente. Quiso decir algo, pero un gesto de su señoría le hizo callar definitivamente.

–Gracias, Mariscal, ha prestado usted un gran servicio a nuestro gobierno y al de toda la Liga, le ruego siga bien de cerca los acontecimientos y me tenga informado puntualmente de todo lo que ocurra –su tono fue tan formal como tajante.

El Mariscal hizo un reverencia al tiempo que salía de la pequeña sala de audiencias privadas. No puedo evitar rechinar los dientes ante esta última muestra de frialdad. ¿Qué podía ocurrir ahora? Acababan de batir a uno de sus peores enemigos, y todo gracias a él, a su idea, ¿qué es lo que tenían que temer?

Solo en su despacho, su excelencia no podía permitirse el lujo de disfrutar el éxito de un hecho así. No, cuando el futuro podía desvelar terribles e impredecibles consecuencias.

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