Se ha muerto Robe,
así, como si nada,
que nunca pasa nada,
de un día para otro
nos quedamos sin aire,
nos quedamos sin nada.
Qué vacío deja
el de la voz rota,
de los versos rajados,
de la musica ingrata,
¿quién ahora?
Levantar la vista
y dejar de ver el cielo,
perder la mirada,
aguzar el oído
para escuchar de memoria
himnos de sus Extremos.
¿Quién ahora, sin Robe?
Un mundo muere,
hongos nuevos florecen de su cadáver;
los viejos miramos con recelo
como en estado de espera;
la juventud avanza rabiosa
pisoteando sus restos;
pensar que un día habrá
quién no sepa ni cantar en su nombre.
Es un trozo de vida
y en una infusión eléctrica
de memorias que se desbordan,
que quieren decirnos:
«no se dan cuenta que siempre estoy en la luna»,
siempre,
así de bien:
¿será suficiente?
¿Será suficiente con su voz?
¿Dónde están ahora,
justo ahora,
en este puto momento,
mis amigos?
Letra y hambre,
música y voz,
vida y rock,
noches al aire, lloviera o truene,
conciertos envueltos de arena,
cintas desgastadas en una bolsa de vino,
cantando por alcanzar
un brillo de su delgadez,
sin salirnos de su hoguera.
Se ha muerto Robe,
así, como si nada,
que nunca pasa nada,
delgado como el trigo,
verdad como el barro,
¿no debiera haberlo anunciado
antes el mundo,
el universo retorcido
al perder quien le rascará
las costras de la conveniencia?
Debería haber habido ruido,
baterías de cantos,
inflamadas versiones
de todos sus corazones…
Debería, pero no,
todos morimos,
así, como si nada,
de un día para otro;
el no fue un príncipe,
ni un señor, ni una estrella,
se fue como vivió:
deltoyá,
con todo lo posible hecho,
bastante ruido hiciste
santo del ruido y la rima,
y las tripas
y la humanidad,
ya te tocaba,
por la vereda de la puerta de atrás.
Y mientras, nosotros,
haremos
siempre, siempre, siempre, siempre
como nos dijiste:
¡y al día siguiente…!




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