La luna parece saltar,
y el tiempo volar
a la velocidad del viento,
de un viento lluvioso
sobre la hierba oscura
de una noche de luz
todavía leve,
en la lenta crecencia
de sus estrellas desperdigadas,
pacen vacas
aunque tiemble la hierba,
y las risas de los niños,
nerviosas por los muertos
que los acechan
en los rincones,
rompen el silencio
de la aldea somnolienta,
aturdida por la música
y el chapoteo de los monstruos
sobre sus calles vacías.
Huyen las nubes,
que no saben donde meter
su acostumbrada incontinencia,
no quieren molestar,
no se atreven a cubrir
de barro los bailes,
a los que acuden los sapos,
puntuales,
en los que cantan los gallos,
lejanos,
quizá ateridos de los espantos
de semejante maligna, reída noche;
donde se apuntan los perros
del lugar al olor
de la alegría,
y hasta un insecto palo,
que escondido se escondía,
haciéndose rama por pasar
por quieto, impávido, inmóvil,
ahora se mueve,
trepando de mano en mano,
exhibiendo sus colores,
puede que aprendiendo a bailar también;
¡solo nos faltó el merucu,
el merucu xusticieru!
Habla el sol
cuando se acaba la noche
y hasta el monte se extraña,
porque no tiene donde meterse
y ha tiempo que lo reclamaba,
¿dónde habrán quedado las nubes?
¿hasta dónde habrán llevado su pesada carga salina?
Nun sabe naide,
pero el mar se mueve bravo
contras las piedras
que marmuran al silencio,
reclamando su atención:
¡mojarse, ya, que hasta aquí habéis llegado!
Y lo dice en inglés, también,
que llegó hace ya pocos días,
de bañarse en el norte frío.
¡Arrojad las piedras, que aún tengo hambre!
Y las piedras caen,
y los pies se mojan.
y por las piernas trepa
fluida la espuma de las olas pétreas,
¿no será esa la risa del mar?
Se pega el barro
verde de los rincones,
frondosa la vida
se cuece entre palabras
y la música surge
de la infantil necesidad
por sentirse juntos,
por comer todos juntos,
por beber libres y floreados,
por dejar que la hiedra roja
báñelo todo,
al son de las xanas y los trasgus,
del cuélebre y el nuberu,
que se dan la mano
con katrinas de méxico,
simios de lo grotesco,
brujas aladas,
fantasmas de lo arabesco,
científicos locos, zombies
y todo lo monstruoso
que de nuestra imaginación
se convierte en fiesta,
se hace noche para niños,
recuerdo para siempre,
ilusión por encontrarse,
de nuevo.
No hay miedo,
cuando el miedo queremos tenerlo,
cuando se hace para sentirlo,
cuando no es ni violencia ni daño,
cuando solo son cuatro sustos,
adornados con risas
y rellenos de caramelos.
La casina duerme ya vacía,
esperando que vuelvan,
con otro año de mieus,
a llenarla hasta los topes,
a cuajarla de sus pequeños monstruos,
sus sagrados muertos,
ensanamados todos,
con alientos de alegría.




Maravilloso Miguel ✍