Dime la última vez que algo
te interesó de verdad,
que algo pudo emocionar
a tu cerebro bivalvo,
lo sacó de tu letargo.
¿Cuál fue ese último verso
que te hizo perder el seso,
ese amor nunca olvidado,
recuerdo de infantil tacto,
que iluminó tu universo?
¿Cuándo fue la última vez
que se apartaron tus ojos
de esa cascada de datos,
de esa enmarañada red
en la que todo es perder?
Cuánto has olvidado el mundo
que todo ha de ser rotundo,
que nada llena o contenta
tu alma vacía y sedienta,
salvo ese chorreo inmundo.
Esclavos de la algoritmia
pasamos muertos en vida
descargando nuestra rabia,
sofocando las arritmias
en digitales mentiras;
amalgamamos el odio
para encontrarle un espacio
y detrás de él escondernos,
para ocultar nuestros miedos
en cinco o diez episodios.




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