Ya me come, ya me come
esta nostalgia veraniega,
esta saudade estival
que siempre me atrapa
en cuanto me doy cuenta
de que otro verano
va a escapárseme,
como desde hace tanto,
desde que me pilló
esta vida adulta
para teñirlo todo de polvo,
entre las pestañas y los dedos,
en cuatro viajes
y dos vueltas,
una visita, quizá,
a un mejor pasado.
Me come la nostalgia
de esos pasados largos,
esos veranos sin fin,
en un mundo más tranquilo
y respetuoso con lo que importaba,
con el tiempo
y el cómo aprovecharlo,
no siempre colgados
como locos,
como cerdos,
como tontos,
de un terminal vacío.
Nostalgia de la infancia,
que casi siempre será perfecta,
sobre todo en verano,
junto a la piscina,
sobre la hierba
en la que lindaban
los vecinos
sin andarse en guerras,
llamándose por el nombre,
sin el temor del hoy
a todo lo que no es uno mismo.
Nostalgia del granito
y sus largos pinos,
de las mañanas a pie
hollando la montaña,
el agua fresca
de una fuente voluptuosa
harto ya extinguida en
estos calores esperpénticos;
verano de limón y caramelo,
caramelo en el limón,
y muerta la sed,
olvidado el cansancio,
vecinos y vecinas,
hijos de unos,
hijas de otros,
todos juntos;
eso era entonces la vida,
esos eran entonces los veranos.
Nostalgia del pan,
reciente,
recién hecho,
pan de pan,
de lo que era pan,
y de la bicicleta,
heredada, casi siempre,
a veces con frenos,
otras con zapatillas,
y el pan en bicicleta,
y la arena de esos caminos
que aún no habían sucumbido
al asfalto insuperable,
ese asafalto
que nuestros futuros
verán cómo inexplicable:
¿por qué algo tan horrible,
tan presente,
tan horrendo,
tan inevitable?
Nostalgia de los desayunos
preparados por tu madre,
y sus manos,
y sus besos,
que siempre estaban,
y estarán,
en el frescor diurno
de un verano largo,
tan largo,
que hasta el ciclismo
se disfrutaba
como antesala de la siesta,
del descanso por el descanso,
de ganarnos el tiempo
a base de perderlo;
veranos de descanso,
no los de la velocidad
absurda del ahora,
veranos lentos,
como el pasar de las olas,
constantes, pero lentos,
a veces intensos,
pero siempre lentos,
como el subir
de las montañas,
puede que hasta violentos,
pero lentos,
lentos y largos,
como los cielos,
como el canto de las cigarras,
como perderse solos
con amigos
en mitad del bosque
y volver riendo,
cubiertos de heridas,
embarrados
y hasta los ojos de picaduras,
solo para caer como piedras
en la piscina vieja,
en la misma piscina de siempre,
en la piscina en que cabíamos todos.
Nostalgia de las comunidades
de entonces,
construidas, también,
sobre ese tiempo largo,
en la confianza de quien,
cada verano,
volvía a volver,
a vivir una vida tranquila,
a disfrutar del verano profundo
en la sonrisa de los niños,
de los jóvenes,
de los mayores y viejos,
porque todos se conocían
y en todos crecía,
como moras de septiembre
el aire de la comunidad
y del verano.
Nostalgia de ese volver
cada verano,
a repetir
lo que solo ocurría
como por encanto,
por la suerte de un hechizo,
en un tiempo perfecto,
con la gente perfecta,
bajo el respirar de un mundo distinto,
donde valía más el amor,
donde valíamos más los humanos,
nuestro corazón,
el recuerdo futuro de saber
que un día fuimos niños
y en la nostalgia de cada verano,
encontraríamos como locos
la necesidad infinita
de volver a encontrarnos,
padres e hijos,
hermanos, primos,
todos los amigos,
los vecinos,
los amigos de los vecinos,
volver a amarrar con fuerza el tiempo
y en nuestro estío
de cósmicos sumideros,
volvernos a ver rotar,
quizá para siempre,
en nuestros veranos infinitos.
No hay nostalgia posible
en el hoy,
solo veranos que lucir en fotos,
veranos de demostrar,
de enseñar,
de correr en el sinvivir
de aviones,
de visitar mil sitios,
de irse lejos por tener que hacerlo,
sin acabar por estar
en ninguna parte,
con nadie que importe,
sin más recuerdos
que la muesca digital
de una vida escupida
al mundo en vientos
de ego y necesidad.
Antes se vivía mejor,
porque lo que era importante
no valía dinero,
y el verano,
más que una escapada,
era una vuelta a casa,
un retorno a la vida.
A todos, todas,
pinos de aquí y de allá,
piedras de todas partes,
playas de ciudades antiguas
y las salvajes del viento feroz,
a todos los ríos,
a cada una de mis sagradas montañas,
a todos vosotros,
vecinos,
amigos,
hermanos y hermanas,
padres, madres de todos,
a los míos,
gracias por habernos encontrado en la vida,
haber hecho supurar tantos veranos;
largos, simples, lentos, húmedos,
viejos veranos buenos.
Hoy solo me queda esta nostalgia,
que pasará
como pasan hoy los veranos,
en un día o dos
de correr por escaparse,
de asfixiarse en el calor
de no saber qué,
ni cómo disfrutarse.




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