3a Semana – Museo Británico (luces y sombras) I

por Con Tongoy

Una tercera semana tranquila, para todos, incluido mi oscuro compañero. Aunque se ha notado algo más de frío, el clima sigue siendo poco frecuente para estas latitudes, lo que no está nada mal. Estas, presumo que pocas, semanas de sol, le dan un sentido a tanto parque perfectamente preparado para el “picnic”. Es increíble la pasión de estas gentes por la pradera de césped, no es la naturaleza, no son los bosques o la maleza de lo que disfrutan, es del césped en sí mismo. No existe un jardín, por pequeño que sea, que no tenga su pequeña parcela de hierba, perfectamente delimitada y cuidada. En sus grandes recintos, históricos recintos, es igual pero a lo bestia. Grandes praderas rasuradas milimétricamente, no importa el tamaño, están siempre arregladas con detalle, salvo quizá aquellas que se destinan a usos más lúdicos o deportivos. Es raro encontrar una creciendo libre, sin el férreo control de un jardinero, al menos aficionado. Y algo esencial, bien distinto de otras regiones menos respetuosas, menos desarrolladas, el cuidado empieza en los usuarios, en los cientos de personas que las pueblan y abarrotan en los días soleados, es muy difícil ver que alguien deje su basura desperdigada o no respete unas normas mínimas de respeto y convivencia. Va con el carácter, supongo, porque puede ser que en otras facetas de la vida tengan o muestren defectos intrínsecos, pero en lo que al respeto por el prójimo se refiere, lo llevan a rajatabla. Es una cuestión de educación, no es que aquí todo el mundo sea una hermanita de la caridad, muy al contrario, son muy celosos de su parcela e inmisericordes con el que no cumple esas normas de respeto,  es algo que les viene dado, algo impreso en su carácter, de forma más o menos general. Hay un gracias o un por favor para todo, incluso cuando no es necesario, todo es muy británico, aunque suene algo estúpido, pero es exactamente lo que es.

Pueden ser una gente fría, pero no son maleducados, al contrario, son, en todo caso, demasiado educados, tanto, que uno puede llegar a sentirse incómodo o superado por tantas buenas palabras y gestos medidos. Él lo sufre más que yo, el hastío le alimenta y la brusquedad es algo que le encanta, y aquí rara vez encuentra lo que busca. La volición por el juego limpio (del inglés Fair Play), imperante en casi todos los ámbitos de la vida diaria, desde el hecho de que en una tienda salgan a devolverte corriendo la vuelta o que en uno de los bares que estuviste anoche, no sólo guardaran el teléfono que te dejaste, sino que te llamaran al primer número marcado y te dejarán un mensaje avisándote, le desarma y agota hasta límites que ni yo mismo sospechaba.

 

No sabe como hacerse notar, desde el episodio en la clase, yo le hago poco o ningún caso en la primera mitad del día, y el resto, aunque sabe y se aplica a su espuria dedicación, tiene poco peligro, por desarrollarse la mayor parte del tiempo sin público que la contemple. Creo que la visita al Museo Británico le gustó casi más a él que a mí. Yo ya tenía pensado que fuera una visita clásica, la que espero sea la primera de muchas, haciendo el recorrido que siempre solía hacer en pasadas ocasiones, aunque quizá, deteniéndome algo más en algunas de las muestras más increíbles del expolio victoriano. Dejamos las salas superiores para otras ocasiones y nos dedicamos a las zonas Egipcia, Asiria y Griega, que por otro lado, suponen la mayor y mejor parte de los fondos del famosísimo museo. Desde que salimos del metro, le noté especialmente animado, criticando a cada persona con la que nos cruzábamos, quejándose de lo típicamente sucio que estaba todo  y echándome en cara que tuviera que ir hacer visitas solo con él, por el simple hecho de no tener nada mejor que hacer. La temperatura de mi cabeza subía por momentos, un zumbido familiar empezó a aparecer en la zona frontal encima de mi ojo derecho, un síntoma claro de que el exótico sol de aquel día y las continúas exégesis de mi inseparable amigo, empezaban a hacer su efecto.

Bajo la fachada neoclásica del glorioso Museo Británico, cruzando la verja de forja de la entrada, pude relajarme un poco. El ambiente era de fiesta, como en cualquier lugar del mundo donde se acumulen los turistas siempre ocioso; el aire de vacaciones en pleno final de marzo se te metía hasta el fondo y por unos minutos, tú también eras uno de esos turistas que sólo venían a disfrutar de la ciudad, sus museos y, por ahora, excelente clima primaveral. Me encanta esta parte del turismo, me encanta el aroma a viajes organizados, a colegios en visitas organizadas, el olor a octogenarios turistas japoneses sudados por un duro y largo día de visitas a contrarreloj. Me relaja ver a los grupos de adolescentes italianos persiguiéndose por la explanada y las escaleras de la entrada con botellas de agua, mojándose, con sus pantalones cortos y sus mochilas de muchos colores. Una imagen que me devuelve a mejores días, a días de juventud, de niñerías, de sagrados primeros amores, viajes que exaltaban las hormonas del querer y ayudaban a que las miradas se convirtieran en caricias; y a los que se acariciaban, inclinaba a besarse. En el espacio que iba de la verja a las columnas dóricas sobre las escaleras, el mundo se detenía, una burbuja, un campo de fuerza evitaba que el exterior penetrara, haciendo rebotar toda la rutina, todas las cuitas y preocupaciones de los que viven en esa ciudad, obviando, incluso despreciando la paz de los museos. En el último escalón, oliendo casi el polvo del demótico, del griego y de los jeroglíficos en su cuaderno de granodiorita, me giré y contemplé un último momento el escenario de auténtico libre albedrío que se abría a mis pies. Un escenario efímero, que desaparecía mientras yo lo miraba, un suceso casi cuántico, inobservable sin el corazón, pero perfectamente comprobable. Me dejé empapar un poco más de paz y con paso solemne, penetré en uno de mis templos.

 

Estás tarado, me espetó Tongoy. Estás loco, o mejor, eres un puto pedante, te crees que sabes algo de historia, pero no tienes ni idea, vas mirando los rótulos como todo el mundo, sólo que tú pones esa cara de solemnidad, intentando darte aires de erudito decimonónico. No tuve más remedio que sonreír ante su acostumbrada sinceridad, tenía razón, ya lo dije, cuando daba en el clavo, daba en el clavo. Intentaba recordar algunas de las cosas que había leído, nombres y fechas de faraones, dinastías, sacerdotes importantes, alguna tumba o resto conocido que estuviera ubicado en la sal egipcia, pero poco me venía, lo egipcio no era mi fuerte, él lo sabía. Tienes razón, la verdad es que no me ubico mucho en lo egipcio, aunque mi explicación de la Piedra Rosetta no ha estado mal, hasta precisa diría yo. Me devolvió la sonrisa y murmuró de pasada otra vez lo de que sí soy un pedante; me lo dice constantemente, ha llegado a ser hasta un gesto de cordialidad para conmigo. Fíjate, hoy no me pareces tan pesado, hasta podría decir que empiezo a tolerarte. Me crecí, sin duda, y no me gustó nada la forma en que me contestó, aunque la sonrisa siguiera en su ojos: si es que no soy mala persona, una mala copia de ti quizá,  pero no malo. Más divertido, más atrevido que tú, con más cojones, eso sí, menos pedante, también, pero malo, yo no diría tanto. Y me está gustando el museo, mis recuerdos de él eran muy difusos, hace ya unos cuantos años de aquella primera y fugaz visita, ¿verdad? No me dejó responder, me dio una palmada en el hombro y fue a sentarse en el borde del pedestal que sostenía un gran ataúd de granito rosa. Con el tobillo apoyado sobre la rodilla contraria, estiraba sus calcetines, insultantemente blancos, en un vano intento por mantener la goma en su sitio. Sus gafas de sol seguían fijas en lo más alto de su cabeza, disimulando un poco el gran claro de su coronilla. Era ridículo, hasta sus gestos de fiestero trasnochado de los noventa, eran demasiado para su aspecto. Algunos turistas asiáticos, podían ser chinos, le miraban disimulando al pasar y él les devolvía, encantado, una enorme sonrisa mefistofélica bajo su nariz en punta de flecha.

No estuvo mucho tiempo sentado, al poco rato se levantó y fue directo a los obeliscos de origen asirio con los que concluye la zona egipcia, justo enfrente de las grandes puertas de Nimrud. Le vi parado enfrente de uno de las estelas del palacio real o del templo de Ishtar, no recuerdo bien, ensimismado con los genios alados que en ella aparecían. Esto es de hace tres mil años, me parece una burla tremenda, una carcajada histórica a lo que somos. Lo dijo para sí mismo, casi entre dientes. Casi tres mil años y mira en lo que nos hemos convertido: en lo mismo pero peor, un caos total. Me quedé pasmado ante su confesión, sonaba a íntimo y esto era algo completamente nuevo para mí; ninguno de sus congéneres o hermanos había demostrado capacidad de introspección alguna. Sabía que no debía dejar engañarme, pero creía hasta haber percibido un rastro de sentimientos, una traza de rabia en sus palabras. Vaya, no sabía que a ti te preocuparan estas cosas. Y no me preocupan, simplemente me indigna, esto sois, una raza inferior, una raza que involuciona en vez de evolucionar. ¿Y vosotros?, le contesté, más chinche que curioso. Nosotros evolucionamos cada vez, crecemos en cada nueva vida, pero sólo existimos a vuestro lado, vivimos de vosotros, somos de vosotros, si caéis, caeremos con vosotros, si desaparecéis, despareceremos con vosotros. Entiendes ahora por qué soy tan necesario, yo evito que tú, pedante muestra de simio, involuciones. Más aún…

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