2ª Semana – El muy mamón

por Con Tongoy

La segunda semana ha seguido su rutina, él parece estar encantado con este nuevo destino, lo tétrico de sus edificios y la rigidez en cada palabra y mirada le ha seducido desde el principio; le hace la vida más fácil. Como yo, sólo esperaba un poco más de gris, un poco más de lluvia que amargara el ambiente todavía más,  pero parece haber encajado mejor que yo el tiempo veraniego, ni siquiera el estar siempre embutido en esa larga levita negra parece importarle lo más mínimo. Yo le digo que tiene una pinta horripilante con sus enormes zapatos de enterrador, los deshilachados calcetines arrebujados en sus tobillos y sus pálidas canillas asomando por debajo del borde de su siniestro vestido. Es una especie de Mortadelo sin pantalones, que aún mantiene algo de pelo en la cabeza. No puedo clasificar lo de sus gafas de sol, es como si se las hubiera quitado al Pedro Delgado que ganó el Tour de Francia, pero le encantan.

Por la mañana pasamos cuatro horas en las clases de inglés. La escuela está cerca de casa, son menos de diez minutos andando, lo que nos permite dormir tranquilamente hasta las ocho y cuarto, ocho y media los días que más apuramos. Ya dije que le encantan las mañanas, sobre todo el espacio que pasa entre la decisión final de saltar del catre, hasta que uno llega a hacerlo. Incluso madruga un poco más , sólo para cercarse y machacarme con su “sagrada misión”, como el mismo dice. Estoy aquí para que no te acostumbres, me decía el martes por la mañana, sabes que tú no estás hecho para estas cosas, tú no estás hecho para alejarte demasiado del puerto, ya lo ves, ni te atreves a salir de la cama. Siempre que despierto, me lo encuentro sentado en el suelo al lado de la cama, mirándome sonriente bajo su nariz, que parece afilarse un poco más cada día. Creo que hasta me susurra en sueños, no podría decirlo, pero es muy capaz, los de su especie son muy capaces de eso y de mucho más. Se crecen en las peores situaciones, es en ellas donde de verdad ganan fuerzas, porque es en ellas donde yo, donde nosotros, más las perdemos. Por eso le agotan las clases de inglés, no encuentra hueco, a veces hasta deja la clase, casi sin que me entere. Tuve que explicarle a la profesora el porqué de esta ridícula compañía, no tuve más remedio, pero es un mujer mayor, acostumbrada a los que llegamos en ciertas condiciones y con estas compañías, no puso más condición que la de mantenerle callado y que se quitará, en sus propias palabras, las estúpidas gafas de sol cuando estuviera en clase. Me encantó la cara de mi amigo, ver su reacción ante alguien contra él que no tiene nada que hacer. Prueba el sabor de la autoridad, de la constricción, vampiro de pega, le dije muy bajito cuando empezó la clase. No le gustó nada mi comentario, como era de esperar, y me enseñó los dientes en un gesto que me hizo desviar mi atención hacia mis adentros por varios minutos. Menos mal que la intervención de la profesora, una señora de orígenes jamaicanos, pero tan británica como la mismísima Agatha Christie, con mano para las personas y las sombras que las acompañan, me devolvió a la realidad de los tiempos verbales, del past perfect y el present perfect continous.

También es una gran profesora, enseña inglés de manera divertida, abundando en la participación en clase y en la conversación, un lujo que hace que esas cuatro horas prácticamente vuelen. Creo que es un híbrido perfecto entre sus orígenes caribeños y su evidente educación británica. Un gusto de persona que él se empeña en intentar destruir a cada paso. No se atreve a hacerlo en alto, claro está, vive acobardado por la supremacía de lo que no puede tocar, pero conmigo lo hace constantemente. Si no puede decírmelo al oído porque ella mira, lo escribe en mis hojas de apuntes, pero siempre trasteando, intentando socavar su persona. Eso que dice es mentira, en realidad es una señoritinga como el resto de estos ingleses estirados, escribió el otro día en el libro de ejercicios, mientras ella hablaba de lo mucho que uno puede disfrutar de la  variedad de culturas que conviven en Londres. Yo intento no hacerle caso, siempre que lo hago, acabo igual, perdiendo el hilo de todo lo que hacemos y metido hasta el fondo en las ideas que a él le encantan. Sí, sé que él está aquí por y para eso, para insistir en mi angustia, llenarme de penas, ahogarme en la ansiedad del cambio, pero no siempre es posible evitarle. O, al menos, evitar caer en sus trampas.

 No todo es posible verlo venir con él, el cabrón tiene una intuición especial para ciertas cosas. Unas veces te incita a que hagas algo y otras, se empecina en evitar que lo hagas. Como el otro día en clase de inglés, cuando hablamos sobre la expresión de los sentimientos, de la educación en los excelentísimos y exclusivísimos colegios internos británicos – boarding schools – y como preparan a los niños para ser hombres, hombres duros, sin un ápice de emocionalidad hacia el exterior. Uno de mis compañeros, un ruso muy ruso, de personalidad tranquila pero de mirada asesina, acentuada si cabe por una cabeza perfectamente esférica, perfectamente afeitada, brillante, sentenció en contra de lo que parecía la opinión general, que un hombre no podía comportarse como una mujer, demostrar sus sentimientos cuando quisiese, que eso no podía ser, los hombres debían ser hombres y las mujeres, mujeres. Yo no pensaba contestarle, puedo entender que cada cultura es distinta y no puedo cambiar algo que un hombre de treinta cinco años, ha aprendido desde pequeño. Mucho menos, en una conversación de menos de media hora, ¡y en inglés! Pero Tongoy, mi Tongoy, no podía dejarlo así, mientras el resto le hacía algunos breves comentarios reprobatorios, él me dijo: me parece bien, tú no digas nada, no te metas en líos, este tío es un machista aquí, en su país y en cualquier parte del mundo; tiene culo y cabeza congelados desde pequeñito. Me quedé impresionado, sonaba convencido, afectado por el comentario, miré alrededor por si alguien pudiera haber entendido algo, pero la otra chica española del grupo  se sentaba demasiado lejos. Él se quedó mirando burlonamente hacia donde se sentaba el de la cabeza y culo congelados, respiraba satisfecho, como si en vez de haberle insultado susurrando en mi oído, le hubiera dado una sonora bofetada pública. Debí haberlo visto venir, pero es cierto que me inflamó, una cuestión cultural era una cosa, pero él que fuera un machista rampante y lo demostrara con esa impunidad, eso no podía ser. Al final hice lo que él había querido desde el principio, hablar, más de la cuenta, sin pensar, no es que insultara a nadie, pero el comentario no suscitó demasiado entusiasmo, ni siquiera por aquellos que defendían mi postura. Mi amigo ruso quedó aún más impactado, más bien herido por la clase de juicio que acababa de lanzarle, sin conocerle en absoluto. No puede evitar sentir un escalofrío cuando me clavó sus ojos azules e indignados. Encaje como pude la merecida reprimenda que llegó de boca de la profesora. Mi inductor, mi mentor, disfrutó de la escena espatarrado socarronamente en su silla, sonriendo mientras mordía una de las patillas de sus gafas pasadas de moda. Se había aprovechado de mi proverbial y enorme bocaza, y la había usado en mi contra. Y yo había caído como un principiante, como un principiante bastante tonto.

Salí de clase aquel día verdaderamente jodido. No quería que me hablara, ni que me mirara, y no lo hizo, se mantuvo todo el camino de vuelta a casa sonriente, otra vez, contemplando satisfecho los alrededores, levantando su cara al cielo como si disfrutara del sol. Sólo me insultaba, a su manera, se burlaba de mí, había caído de lleno en su trampa, yo no quería, no tenía que haber dicho nada. Pero me la había jugado bien, el bastardo sabía cómo hacerlo, si tan sólo hubiera visto venir su jugarreta… Esta nueva encarnación suya es más sabia, más vieja de lo que solían ser sus otros avatares, poco a poco se va dejando ver. Tengo que andarme con cuidado, lo sé, cuando gana, acabo verdaderamente destrozado, sin fuerzas ni ganas para nada, y él siempre sonríe, no le veo flaquear ni un segundo, por mucho que me defienda, el tío aguanta, el muy mamón…

 Mamón le va perfecto, porque no hace otra cosa que mamar, mamar de mí, mamarme todas las buenas sensaciones, tarde o temprano. 

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