¿Dónde quedó nuestra atención?
El gusto por el detalle,
por el pararse a mirar,
mirar por mirar,
disfrutar de un color,
del líquido arrullo
de las hojas al volverse
a teñir de otoño.
¿Dónde está nuestra atención,
señor Zuckerberg?
¿Y el amor?
El amor por uno mismo,
señor Zuckerberg,
empezando por ahí,
acabando por el amor
por el mundo real,
ese por el que usted
parece sentir tanto terror.
¿Dónde está nuestra humanidad?
Los amigos,
los de carne y hueso,
jugar en un parque,
correr por la calle,
pasear,
cogerse de la mano,
beber,
besarse,
sudar,
mirar a los ojos,
desde los ojos,
hasta que se toquen las pestañas.
¿Dónde está nuestro mundo,
señor Zuckerber?
Ese que usted se ha empeñado
en convertir en el suyo,
el mundo del miedo,
de la desconfianza,
del pavor por lo distinto,
un mundo a imagen,
entiendo,
de su mecánico corazón.
¿Dónde está mi tiempo,
difunto Mr. Jobs?
¿Dónde mi gusto por
el valor de las cosas,
Jeff Bezos,
hombretón,
superhombre,
infeliz caballo del
apocalipsis digital.
No todo vale un euro,
quizá su corazón.
¿Dónde están sus principios,
Don Musk?
¿Le importa a usted alguien
que no sea usted,
don Musk,
el bueno de Elon,
el genial, Elon;
el único y salvador, Elon;
señor de todos los océanos,
mesías de los criptobros,
marchante de ridículos futuros;
¡Alabado sea Elon!
¿Dónde está nuestro futuro,
queridos jinetes billonarios?
El futuro el de lo humano,
el del alma,
el conocimiento,
la comprensión,
la comunidad?
¿Por qué les duele tanto
todo lo que es de verdad?
¿A qué tanto miedo,
tanto querer acabar
con todo lo que es precioso,
con la simple idea
de pasar,
de vivir,
de pasar deseando vivir,
pensando solo en amar…
Recuerden: ustedes,
todos,
también morirán.




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