Cuando todos éramos normales
había algo en ser especial,
una idea, una aroma, un sabor,
había exclusividad y una sensación
de íntima y brillante soledad,
partiendo de cierta humildad,
ser especial era silencio
y, cada uno en su espacio,
y todos en el de los otros,
en silencio disfrutar;
ahora que todos pretenden ser especiales,
especiales comiendo,
especiales vistiendo,
especiales durmiendo,
especiales a todas partes corriendo,
especiales por defecto y decreto
de la última y especial influencer,
mujer, delgada, moda perfecta,
por excremento y defecto
del último monstruo que solo habla de él,
que solo habla de él
y de su cuerpo,
de su boca,
de su culo y su cerebro,
que se tocan en cada idea desastrosa.
Hoy, entre tanto especial
y tanta locura convencional,
yo solo quiero una cosa,
tengo una misma y sencilla misión,
un solo objetivo claro:
yo quiero ser normal;
yo quiero ser normal
y sentarme a esperar,
a perder el tiempo,
a comer normal,
a dormir mal,
a correr lo justo,
a soñar mucho,
o lo que pueda,
beber más,
y, siempre que pueda,
siempre que pueda
dejarme llevar,
dejarme vivir,
y si puedo,
siempre que pueda,
rodearme de gente
que solo pretenda ser gente,
a la que no le dé miedo
ser normal.
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