por M.Bardulia | Ene 21, 2025 | Poesía, Libres

Cuando ganan los malos (canto de ingenuidad)

Hemos enterrado a los niños que fuimos
en arrobas de heredada racionalidad,
y en nuestra maquiavélica y desmedida razón del hoy,
vivimos en la infelicidad del dinero y el poder,
morimos en la supresión de nuestra humanidad.

Cuando ganan los malos,
somos, todos, un poco más niños,
menos ellos, los malos,
que no creo que nunca lo fueran,
y si lo fueron,
lo olvidaron hace demasiado tiempo,
sonríen en la negrura
del poder y del dinero,
su dinero,
porque todo es de su dinero.

En las series y películas
de nuestra infancia,
esas en las que no costaba
tanto soñar,
porque no se preocupaban
de reflejar la visión
de cada una de las personas
que ocupan este variado,
disperso y caótico mundo;
esas en las que no costaba
tanto despertar,
porque no había quién
se ofendiera con la futilidad
de unas palabras dichas
en otro tiempo,
para otras personas,
en la ingenuidad
de unos tiempos más humanos.
En esas películas,
por mucho que sufrieran,
por mucho que no lo pareciera,
que se hicieran esperar,
al final,
siempre ganaban los buenos.
Y los buenos eran los buenos,
no los malos disfrazados de buenos,
no los malos,
convenciéndonos de que hay que ser malo,
con los otros,
para tener que convertirnos en buenos;
los buenos eran los buenos,
hasta el final,
y siempre ganaban,
defendiendo, en su ingenuidad,
cosas, hoy,
tan insigficantes,
tan repudiadas,
como la compasión.
como la justicia,
la equidad,
la humanidad,
la hermandad,
el amor…

Cuando ganan los malos,
el mundo se vuelve gris nuclear
y las armas vuelven a brotar,
ríen los mercaderes de muerte
y los billonarios se carcajean a su son,
porque no hay nada más rentable
que el caos y la guerra,
sobre todo cuando has caído
del lado de los poderosos.

Cuando ganan los malos,
el mundo se prepara para la guerra;
cuando las democracias
comienzan a caer
en manos de personajes
vacíos,
monstruos de la sociedad moderna,
engendros del dinero,
todo comienza a temblar
y el mundo comienza
a ser presa del miedo:
el extranjero es extraño
y un enemigo,
mi hermano lo es menos,
y mis valores,
mis principios,
los que se supone
debía defender
cuando más difícil fuera,
acaban enterrados,
pisoteados por su hambre de terror,
por la sonrisa ladina,
taimada, retorcida,
de los malos que ganan,
que dejamos ganar.

En tu película favorita,
nunca deseaste que ganara Trump,
que ganara el millonario
al que el mundo se le da un ardite,
que prefiere acabar
hasta con el último koala,
que miente por millares,
al que la guerra le parece un juego
y la muerte es algo lejano,
propio de los pobres como tú;
nunca quisiste que Thanos
se hiciera inevitable,
pero en la vida,
hoy,
prefieres la guerra,
con tal de no escuchar a los demás.

Pegaso nunca hubiera estado
del lado de los racistas,
de los que se apropian de la democracia
bajo estandartes de zurda humanidad,
ni siquiera con los supuestos
representantes pseudosolidarios
de divinidades invisibles,
inventadas hace milenios,
moldeadas y transformadas
para gobernar de manera efectiva
cada una de las etapas de nuestro tiempo.
Pegaso hubiera lanzado sus meteoros
contra los tanques del ruso
y su retornada KGB,
hubiera reducido a cenizas
el entramado dataísta
que oprime a los miles
de millones de chinos
que no saben ni cómo ni dónde,
hubiera levantado el Cisne,
una tormenta de diamante
contra los ejércitos del mundo,
abotargados de balas.

Pegaso, Cisne, Siryu, Shun, Iki,
hubieran estado de tu lado,
que ahora miras con miedo al mundo,
y tú hubieras estado del suyo,
luchando contra esa sombra
que corrompe el santuario
con el ruido del poder,
del dinero por el dinero,
que amenaza con otra
era de oscuridad.

Contra quién Mazinger luchaba
no era solo el comunismo,
era también ese capitalismo
mecánico y desalmado
con que nos someten hoy,
como sometieron ayer
los padres marxistas,
video a video,
compra a compra,
viernes negro a viernes negro.
Mazinger lanzaba sus puños
contra las máquinas sin almas,
esas que ahora trepan,
en todas las formas y colores,
por el espinazo de todos los países del mundo.
Puños fuera, deberíamos decir todos,
menos los cuatro billonarios,
hijos de la peor
de las distopias
naziapocalítpicas
que, orgullosos de su genio,
trabajan en sus sanguinarios robots,
dispuestos a quitarnos
hasta el último pedazo
de nuestro alma y corazón;
nunca quisiste que ganara
el doctor Infierno,
¿por qué hoy aplaudes
a los enfermos que buscan,
como él,
destruir tu libertad,
controlar tu sociedad,
acabar con tu humanidad?

Si hubieran ganado los malos,
¿qué hubiera quedado del mundo
después de una guerra mundial?
La muerte, solo la muerte.

Tus fines justifican sus medios,
su economía tu razón de vida,
porque no sabes ver más allá,
no quieres,
es el miedo a la verdad;
poco te importan tus hijos,
poco te importa la libertad,
libertad para ser,
libertad para poder ser,
libertad para intentar ser,
libertad para no tener que ser
solo lo que ellos digan,
solo lo que su incultura,
su miedo,
su ignorancia supina,
causa de su mediocridad,
pasión por el poder,
fornicadores del dinero,
nos quieran hacer creer.

Cuando ganan los malos,
también pierdes tú,
sobre todo tú,
que ni siquiera lo dudas.
¿Y quiénes son los malos?
Los que están del lado
del dinero y del poder,
vosotros que solo entendéis una verdad:
la muerte;
que es la muerte vivir por el dinero,
que es la muerte vivir con miedo,
que es la muerte entregarse al odio
de todo lo que no es como yo,
como me enseñaron,
como me dictan
en mi burbuja electrónica de libertad.

Ahora que ganan los malos,
ahora es cuando más hay que gritar,
y no mirar siempre
al lado contrario,
que crece hoy la maldad,
más que nunca,
encerrada en las buenas palabras
de los que quieren lo mismo que tú,
pero solo quieren su poder,
solo quieren hacer de esa cosa,
ese triunfo inigualable
de una civilización hoy amenazada,
que es el mayor grado de libertad
que lo humano jamás disfrutó.

Ahora que están ganando los malos,
empujados por el miedo,
es cuando más hay que dudar;
dudar de ti y de tus colores,
dudar de lo que dicen
los que dicen como tú,
dudar de seguir en la marea,
que nunca hubo un siervo del dinero,
un usurero del poder,
que pensara en alguien más que en sí mismo,
no importa que fuera socialista,
nacionalista, revisionista, capitalista,
tecnólogo dataísta,
no importa de dónde vengan,
los malos son siempre los malos,
solo te tienes que preguntar
si en su razón radica el bien de todos
o solo el de su mano derecha,
o izquierda,
solo el de su bolsillo,
y ese negro, pútrido,
raquítico corazón fundido en plomo.

Cuando ganan los malos,
que son siempre cuatro y medio,
mediocres y tullidos mentales,
cuando ganan,
quiénes acabamos perdiendo,
por su maldad
y su criterio de gatos,
somos todos los demás,
la mayoría que somos todos los demás,
los que cambiamos de manos,
los que acabamos, siempre,
por ser engañados.

Hoy, que los malos trepan
con el gruñido de los cerdos
a las torres de oro y datos,
no te dejes,
piensa que James Bond
jamás dejó ganar al Doctor No,
pero tú le compras coches,
le ríes las gracias
y le admiras por nada;
¿dejaremos que el Emperador
disuelva el senado galáctico
y ponga la Estrella de la Muerte
a la puerta de nuestras casas?
Y qué más da,
si así estábamos más seguros…

Cuando ganen los malos,
quien pierda,
por muy rico e inmune que te creas,
por mucho que en ellos creas,
el que pierde,
siempre serás tú;
y yo,
y ella,
y él,
ellos,
y los de más allá;
cuando ganan los malos
nadie gana,
ni siquiera ellos,
solo triunfan el caos,
el odio y la muerte.

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