«algo huele a podrido en dinamarca»

por Con Tongoy

Alguien escribió ayer en su muro Facebook un par de preguntas a propósito de la actuación policial, que me han hecho reflexionar. Dos preguntas legítimas y comprensibles, y que, lamentablemente, demuestran en qué situación de incredulidad e incomprensión, nos encontramos la mayor parte de los ciudadanos en estos tiempos. Decía Así:

¿Por qué ese odio a la policía? ¿Alguien me lo explica?

Son legítimas,  puesto que la policía es un cuerpo, teóricamente, al servicio del estado y de todos los que vivimos en él. La policía es, por tanto, un servicio público, como dice la Real Academia de la Lengua: “encargado de velar por el mantenimiento del orden público y la seguridad de los ciudadanos”. Y son comprensibles, porque, leído esto último, es difícil entender la, como poco, difícil relación que tenemos los ciudadanos con la policía, en los últimos tiempos.  Puedo no estar de acuerdo con la frase, pero entiendo y comprendo su perplejidad y la indefensión que refleja. Siento de verdad que su autor tuviera que sufrir cierta violencia verbal y la consabida discusión vía comentarios en su muro.

¿Dónde está el problema? ¿Es odio lo que la gente tiene a la policía? Diría aún  más, ¿es ese odio recíproco? Es decir, ¿odia la policía también al ciudadano? Lo que me lleva a otra pregunta todavía más inquietante, ¿se puede ser ciudadano y policía al mismo tiempo? En teoría, parece inevitable ser un ciudadano, incluso cuando se es miembro de las fuerzas del orden. ¿Puede desvincularse esa dualidad casi mística?

Lo primero, uno de los grandes problemas de este mundo al que de manera arrogante y engreída, llamamos moderno o adelantado, es que confundimos constantemente lo que es el odio con lo que es el miedo. Existe el odio en este mundo, tal vez, pero lo que está claro es que no existe el odio sin miedo. El miedo es el mayor y principal motor del odio. Por eso, las primeras preguntas tienen fácil respuesta. No existe el odio a la policía, pero existe el miedo, y eso es algo igual o más preocupante que el planteamiento inicial. Cómo es posible que la policía, o al menos ciertos cuerpos de la policía, provoquen una reacción automática de miedo en los ciudadanos. ¿Es de verdad su labor hacernos sentir miedo…? Yo creo que no.

La policía es, ante todo, un órgano preventivo, disuasorio si se quiere, pero eso no quiere decir que deban comportarse como salvajes para lograr esa disuasión. Y no creo que a un grupo de supuestos profesionales, deban permitírseles excusas como las que en ocasiones esgrimen. No creo que para ellos, vuelvo a repetir, supuestos expertos formados en tratar con masas y tumultos, sirva aquello de que “es que nos provocaron”. Lo voy a ilustrar con un ejemplo: si un psicólogo, experto en tratar con jóvenes problemáticos, recibe un insulto grave por parte de uno de los chavales a los que trata, no respondería con otro insulto. Tampoco respondería con más y peores insultos, si este adolescente le siguiera provocando. Esa no sería una respuesta propia de un profesional, al contrario, esa respuesta sería más propia de uno de sus pacientes, de un provocador. Su respuesta, si fuera un buen profesional, responsable y formado, sería una respuesta dura y recia, acorde con la provocación de su paciente, pero sin perder la calma ni un adarme de su profesionalidad. Así, si los antidisturbios y, sobre todo, sus mandos, sólo conocen una forma de responder a las provocaciones de la gente, es que algo no funciona. O bien, la cadena de mando tiene brechas, o bien, sus mandos, aquellos que deciden como deben realizar su trabajo, no son profesionales como es debido.

No estuve ayer, no pude por encontrarme en el extranjero lidiando con mi duende Efialtes particular (del cambio de forma de mi Tulpa mefistofélico, charlaremos otro día), pero he estado en otras. Me he visto más de una vez atrapado por tres o cuatro anti disturbios y he recibido suficiente de su forma de actuar; aún guardo una bola de goma y una pastilla de gases, recuerdo de una celebración de Copa de Europa. Cualquiera que se haya visto cerca de unos anti disturbios en plena faena, sabe que no se comportan ni como profesionales, ni mucho menos, como personas. Es duro, pero es así. Ni piensan, ni juzgan, ni eligen a quien dan, simplemente reparten. Hemos llegado al extremo en que se ha perdido el foco y la razón de esta clase de cuerpos. Antaño, no eran más que marionetas, herramientas al servicio de unos cuantos que imponían sus normas a base de palo y tentetieso, pero todo eso debería ser cosa del pasado.

¿No queremos ser civilizados? No criticamos, en nuestro habitual arrogante y triste papel de supuestos hombres civilizados, las barbaridades que a veces comente ciertos estados contra su propia población. ¿Por qué aceptamos entonces que se apaleé a la gente dentro de nuestro país? Y lo que es más grave, ¿por qué lo tomamos como algo normal, como una solución inevitable? El uso de la fuerza es siempre el último recurso, un recurso que deberíamos tender a olvidar, pero si de verdad se da la situación en que es inevitable la utilización de la fuerza, esta deberá usarse con responsabilidad y teniendo conciencia de contra quién se está aplicando. En un estado verdaderamente civilizado, cada situación en la que un cuerpo de seguridad se viera en la obligación de usar la fuerza como recurso, sería analizada y estudiada al detalle. Revisando no sólo sus causas, sino también el modo en que se hizo uso de la misma. Un estado racional, un estado responsable y humano, no aplaudiría jamás el uso de la fuerza contra sus ciudadanos.

Lamentablemente, a día de hoy, el estado ha decidido que todos aquellos que osemos manifestarnos, nos convertiremos automáticamente en enemigos y que, por tanto, seremos tratados como tal. La responsabilidad primera es de los miembros del gobierno, de los responsables últimos de estas actuaciones, pero sin liberar a aquellos que están en el último eslabón de la cadena. Los peones de esta forma de actuación, arcaica e inhumana, que se ceban en cumplir las órdenes, con la mayor violencia posible. Y en nuestros tiempos, ya no vale la falsa justificación del deber, el deber no está por encima de la elección última de la que cada uno de nosotros es responsable. Todos podemos decidir qué hacer en cada momento y sobre todo, cómo hacerlo, esa es la verdadera libertad. El deber está varios peldaños por debajo en la escala de decisión; antes que policías son ciudadanos y antes que ciudadanos, personas.

Combatir el miedo con miedo, es algo inútil, sólo generará más miedo, y como he dicho, el miedo sólo nos lleva al odio. Combatir la violencia con violencia, es estúpido e injustificable. Si ante el descontento de sus ciudadanos, un estado sólo sabe reprimir e imponerse por la fuerza, es que algo no anda bien, nada bien. Como le diría el fiel Marcelo al príncipe Hamlet: “algo huele a podrido en Dinamarca”.

Quiero terminar enunciando el artículo número XV de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, por ver si alguno de los políticos en el poder, pasados, presentes y futuros, se entera de una vez de qué va todo esto.

XV. La sociedad tiene derecho a pedir a todos sus agentes cuentas de su administración.

Ah, y por cierto, Maquiavelo nunca dijo aquello de “el fin justifica los medios”.

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