La guerra no son solo sus batallas.
La guerra de las batallas
la perdió la república,
la perdieron los comunistas,
la perdieron los anarquistas,
la perdió la URSS
y las democracias europeas cobardes,
y esa mayoría de personas
que no sabía cómo habían llegado
a caer en aquellos extremos.
La guerra civil,
la de las batallas,
la ganaron los nacionales,
el ejército sublevado,
los militares y políticos fascistas,
la ganó el genocida, Hitler,
la ganó el gran charlatán, Mussolini,
la ganaron todos los que,
sin entender muy bien por qué,
se vieron apoyando a este u otro bando.
Pero la guerra,
el conjunto de la guerra,
el dolor de la guerra,
que diría Bao Nin,
en ese
salimos perdiendo todos.
De la guerra civil,
el debate de hoy es prueba fehaciente,
solos nos quedaron:
división,
muerte,
y hambre,
destrucción,
miseria,
y este odio eterno,
dos Españas que no existen
más que en la imaginación
de esta otra eterna y pegajosa
mediocridad ideológica española,
que a veces parece desvanecerse
pero que la incultura
y el aburrimiento
reavivan en cada generación.
La guerra civil,
la misma que dejó
la mitad de España
convertida en barro de sangre,
en ruinas de rabia,
nos dejó,
a unos y a otros,
que, al final,
hemos resultado ser los mismos,
que siempre seremos los mismos
humanos
viviendo sobre esta tierra extraña,
sedienta pero verde,
que lo mismo te da la nieve,
que te empapa en sudor,
que hace llover arena
sobre sus caminos y campos,
todo lo que nos dejó,
además de la muerte,
del hambre,
de una nueva veta
para el sabroso, fértil e histórico
odio español,
además del dolor,
y la sangre,
y la ira anquilosada en la memoria,
esa guerra,
no solo la de las batallas,
si no la guerra total,
nos dejó aislados del mundo
nos hizo el país que somos,
anclado en el pasado,
paisano de más,
culturalmente raquítico,
científicamente ignorante,
vulgarmente futbolístico.
Yo perdí la guerra,
que vivo en este país
gobernado siempre por corruptos.
Yo perdí la guerra,
que no tengo ciencia ni científicos,
que emigran todos como las aves;
que tengo el margen último,
un mero rincón de cultura
a la que pocos miran,
de la que casi nadie lee
y que, ahora, admira
más a los mamarrachos
que se visten de idiotas
y pasean sus colas de víctimas
por las redes,
que a quién solo quiere vivir en paz,
alimentando la ternura,
olvidando el ruido y la furia,
refugiado en la imaginación.
Yo perdí la guerra,
que he leído
las barbaridades
que se cometieron en nombre
de toda ideología,
y de dios,
y de los hombres,
y de las banderas,
en esa guerra infame
en la que hermanos y padres,
hijos y madres,
primos, poetas, moros,
en la que todos perdimos.
Yo perdí la guerra,
que tengo que buscar trabajo
en un país de medio pelo,
con trabajos de medio pelo,
con educaciones de medio pelo,
universidades de medio pelo,
que está perdiendo
hasta los bares.
Yo también perdí la guerra,
que tengo que aguantar
todavía
que nadie me la enseñara,
que nadie sea capaz de discutirla
sin tener que acusar al otro
de rojo,
al siguiente de facha,
al que no opina como yo
de un servidor de maligno,
que todo lo que no es como yo
es enemigo mío;
tengo que aguantar
que me pidan que me clasifique
en unos bandos estúpidos
de hace de 90 años,
cuando yo vivo en el año 2026
y trabajo con inteligencia artificial generativa,
y solo pienso en que quizá
en cincuenta años
no nos quedé España,
ni mundo,
por el que pelear.
Yo también perdí la guerra,
todos perdimos la guerra,
porque la guerra,
ni para unos ni para otros,
trajo algo más que miseria,
heridas eternas,
retrasos históricos,
divisiones permanentes,
atrofia de crítica y corazón.
Yo perdí la guerra,
y por eso me cago en las dos españas,
me cago en los revolucionarios y los reaccionarios,
me cago en Uclés y en Pérez Reverte,
me cago en Zumalacarregui y Espartero,
me cago en todos ustedes,
porque somos españoles
y parece que de esto ha ido siempre España,
de cagarnos los unos encima de los otros,
de jodernos la vida
porque, dicen, algunos, muy pocos,
que somos distintos.
España perdió la guerra,
es decir: la perdimos todos.




Así es. Todos perdimos la guerra