Dónde estás, que no llego a verte nunca,
siempre oculto bajo el ruido y la furia,
revuelto en la rabia de tus silencios
atiborrándote de malos tiempos,
rediseñando el sueño en la memoria;
dónde estás, perdido en el laberinto
del pensamiento por el pensamiento,
la herida de una amígdala inflamada,
esclavo de una mente reptiliana
que no te deja ni dormir despierto.
En la culpa y la vergüenza, creció
dios bajo tu piel; nadie te explicó
que ese dios, y esos hombres, sus enviados,
hablaron hace más de dos mil años
y no hallarías ni rastro de su voz;
nadie te enseñó, que tu razón pura,
por si sola, nunca alcanzó la paz,
que hay más remedios en tu humanidad
que en todas las mentales desventuras
que duermen en sus cuadradas culturas;
todo en ti y en tu potencia de amar.
Sobre todo piensa, eso te dijeron,
y a pensar, sobre todo, te enseñaron,
y tú, que sobre todo andas pensando,
que todo lo has buscado razonando,
no encuentras al mundo sentido humano;
se cuidaron, cobardes, de decirte,
que en ti había más que lo de pensar,
que también podías sentir y amar,
no se atrevieron, pobres, a contarte
que además de ser, tenías que tocarte.
Ahí estás, donde tu niño imagina,
donde tu corazón revoluciona,
donde tu piel refulge y se efusiona,
estás ahí, en la emoción comprendida,
cuando hacerte soñar es medicina;
estás, y el ruido no es más que un susurro
que no apaga del mundo su murmullo,
y en el centro tú, que ahora sentir, sientes,
que ahora te miras, aceptas y quieres
en todo tu monumental barullo.




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