Me preguntó, ella,
mientras estaba contigo,
si necesitaba ayuda,
y contesté muy seguro,
porque estaba contigo,
que toda la ayuda
que necesitaba
ya la había encontrado,
precisamente,
sentado, hablando contigo.
Se fueron y quedamos solos,
en ese palacio nocturno
de las calles de una ciudad
tan vieja y tan nueva,
tan bella y tan fea,
quedamos los dos,
pero yo ya me había quedado
hacía muchas semanas,
desde la primera vez
que te viera, de cerca,
bailando en el Séptimo Cielo.
Recuerdo pensar entonces
que jamás alguien como tú
se sentaría, así, como ahora,
con aquel día
—que hace ya lluvias—,
con alguien como yo,
que nunca jamás
podría permitirme el soñar
que algún día
te fijarías en mí,
podría llegar a conocerte,
subir a tu fortaleza,
perder el pelo,
llamarte loca,
llamarme raro.
La vida es idiota,
porque nos hace vivir
como en realidad
nunca quisimos,
y yo te dejé escapar,
porque vivía aterido
del miedo a conocer
todo lo que de extraño,
lejano, cantarín,
cálido tu tenías.
Al menos nos besamos,
¿no es así?
Al menos nos echamos
juntos sobre tu cama,
nos acariciamos,
me llamaste maniaco,
nos reímos.
Al menos nos besamos,
aquí y allá, y hablamos,
a través del tiempo;
al menos, creo,
llegamos a querernos.
Perdona, porque después
de aquel día,
a pie del centro,
en mi propio reino,
después de volver
una vez más
a besarnos,
yo olvidé que aquello,
para ti,
iba en realidad en serio,
y yo que jugaba,
porque hasta entonces
aún creía que casi todo
en la vida,
casi todo en la vida era juego;
habría tiempo para todo,
aunque luego no haya tiempo
para nadie.
Al menos jugamos,
lo nuestro jugamos,
pero todo quedó en un sueño,
mi sueño,
que no supe nunca
lo que tú soñabas,
nunca sabré lo que sueñas,
ahora,
con tu vida hecha,
con tu tiempo recorrido,
con esos juegos,
con los besos,
con las caricias y los versos,
posible y lógicamente
olvidados,
enterrados en mis incompletas,
esquivas y retóricas,
vacías, infantiles promesas.
Perdón, solo era un niño.
Perdón, estaba confundido,
¡aún lo sigo!
Perdón, porque nunca me lo creí,
siempre te vi tan lejos…
Nunca me convencí
de que alguien como tú
pudiera ser real,
pudiera suponer
un verdadero futuro.
Perdón, siempre separados,
siempre lejos,
yo intermitente,
poeta de todo lo ebrio;
tú cariñosa, como solo puedes,
cálida, flamígera adriática,
valiente, atrevida, viajera,
tú y tu fortaleza,
allá donde quiera que fueras;
tú y tu extraña capacidad
para combar el tiempo,
mi tiempo,
mi imaginación,
mis sueños;
tú y el bizarro temblar
de tus manos en mi pelo.
Tú y el tiempo,
que no existe,
que no pasa,
que todavía es hoy,
entonces,
ayer,
nunca mañana.




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