Miré, y me miró el verano de vuelta,
al temblar de sus bombillas colgadas,
listas para la noche iluminada,
todo listo para empezar la fiesta
en la que arañar las últimas hierbas
con que disimular la despedida
histórica el siguiente mediodía
cada último domingo del verano,
desde que no contábamos los años,
los mejores meses de nuestras vidas.
Miré, y mirándome suspiró la hierba
recién regada, con aire infantil,
pronto silenciosa y tranquila al fin;
sonreía cansada, satisfecha,
de albergar otro verano maltrecha,
feliz de haber sido parte y vivido,
de haber, otra vez, la vida acogido
entre bicis, balones y membrillos;
memoria de todos nuestros tobillos
bajo tu fresca corona de rocíos.
Miré, y mohíno me abrazó el pasado,
triste por otro final a guardar,
«que siempre te nombren para llorar,
¿qué puede haber que sea más pesado,
que tener que verse siempre llorado?»
¿Qué hay de tu nostalgia y tu alegría?
No siempre es llorar una pesadilla,
mirar hacia atrás también es vivir,
olvidar es lo que quita el sentir,
tú eres sentido y prueba de la vida.




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