El síndrome Frankenstein

por Con Tongoy

El síndrome Frankenstein

Lo que ha ocurrido con la economía en el pasado siglo, y lo que algunos, empeñados en defender las teorías que les pagan el pan, siguen pregonando, es lo que podría llamarse el Síndrome Frankenstein (o síndrome Skynet o de la Inteligencia Artificial descontrolada, para los más jóvenes).

¿Qué es el síndrome Frankenstein?

El síndrome Frankenstein es el síndrome que afecta a todos aquellos que creen que un sistema creado por el hombre, sea de la naturaleza que sea, puede llegar a funcionar por sí mismo sin la intervención de su creador y, además, autorregularse de forma constante hasta alcanzar una supuesta perfección.

Es decir, crear el monstruo de Frankenstein y dejarle a su libre entendimiento, pretendiendo que se convierta en un hombre de provecho, que aprenda por sí solo y que trabaje por el bien de su creador. Lo que supone una ingenuidad en grado sumo, y si no, analícense las consecuencias que tuvo la creación de este nuevo Prometeo, nacido de los pesadillas de la señora de Percy Shelley, para su malogrado creador.

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Cuando el doctor creó al monstruo homónimo, no se planteó las consecuencias de sus actos, obnubilado su juicio por los poderes del galvanismo y la posibilidad de emular a Dios. En la novela, el doctor, horrorizado por su creación, reniega de su criatura y ésta acaba por escapar a su control. Los efectos de esta “libertad”, digamos que prematura, sin reglas ni atenciones de ningún tipo por parte de aquel que le dio la vida, tuvieron consecuencias funestas para éste, y para algunos de sus allegados. Es decir, el monstruo no era intrínsecamente malo, todo lo contrario, su primera inclinación fue hacer el bien, pero la falta de guía, de consejo, de supervisión, le llevaron a cumplir con ese papel monstruoso que siempre se le ha atribuido.

Se pueden buscar muchas analogías a propósito de este brillante mito moderno, pero la que hoy nos ocupa es una analogía económica, o política, o político-económica, dada la extrema delgadez de la línea que hoy separa a ambas disciplinas. En esta analogía, el monstruo de Frankenstein podría ser comparado con el Mercado, o los Mercados, como ente complejo, como realidad creada por el hombre en su papel generador.

El mercado es una realidad creada por el hombre, incluso anterior a la propia economía. Desde que el hombre realizó el primer intercambio, existió un mercado en el que intercambiar. Ergo, el mercado surge de la propia actividad del hombre, es por tanto, creado por él. Es nuestro monstruo de Frankenstein moderno particular, si bien surgió de una acción no estrictamente deliberada. Para regular estos mercados, el hombre creo la economía. Como creador, el hombre tiene una responsabilidad fundamental, la de educar y guiar a su creación; la economía es, por tanto, una consecuencia de la existencia de los mercados, ese conjunto de normas y guías que regulan la existencia del mercado. La economía son esas herramientas que el doctor Frankenstein pudo haber puesto en práctica para el desarrollo y supervisión de su pobre criatura. Al renegar de su creación, el doctor no calculó las posibles consecuencias de sus actos, hasta que fue muy tarde para él. Su monstruo se convirtió sin remedio en un ser errático y torcido que acabó por devorar a su creador.

Los economistas más reaccionarios y las grandes corporaciones, en su afán por proteger rancios derechos y parcelas, actúan con el criterio de un irresponsable doctor Frankenstein. Sin llegar a renegar (del todo) de su creación, pretenden que ésta aprenda y funcione por sí sola de forma perpetua, sin evaluar las posibles consecuencias. En lugar de guiarles el afán de ofrecer unas pautas y normas de comportamiento a su criatura que marque su correcto desarrollo, permiten que ésta se vuelva completamente salvaje, conformándose con llevar una existencia tranquila al margen del daño futuro. Es decir, tal y como hizo el doctor, reniegan o eluden su responsabilidad, apoyándose en justificaciones minoristas y cortoplacistas, sin atender a la posibilidad de que, un día, su monstruo particular les devore también a ellos. Y la prueba de ello está en esta última crisis que estamos viviendo, y que se ha llevado por delante organizaciones y economistas que jugaban irresponsables con esta criatura incontrolada y peligrosa.

Tal y como hiciera Victor Frankenstein al contemplar el horror al que había dado vida, algunos, los más valientes, y otros, no tan valientes, pero arrepentidos, se han lanzado a perseguir a esta grotesca creación, tratando de evitar que cause más daños de los ya evidentes. Pero son pocos. O no, puede que no, pero lo que es seguro es que no tienen la suficiente difusión, la misma voz y respaldo que aquellos que aún creen que dejar al monstruo suelto es la mejor solución.

Como conclusión, y en una reflexión más natural, más humana, me atrevería a decir que cualquier creación nacida del hombre debería tender a generar un beneficio común a toda la humanidad. No hay sentido en crear más monstruos que lo único que hagan sea liquidarnos poco a poco. La economía es uno de los peores monstruos que existen. No en sí misma, no porque naciera monstruo, sino porque el hombre le dio el poder de volverse un monstruo, un auténtico devorador de su propio padre.

Es un terrible error pensar que algo, cualquier entidad o concepto, pueda llegar a regularse solo. Si pensamos en términos científicos, no existe nada que llegue a regularse solo. Incluso los átomos son sistemas complejos estables –en su mayoría–, porque siguen una serie de reglas estrictas que los definen, que definen los estados de los electrones que orbitan su núcleo, porque en la naturaleza existen una serie de fuerzas que los hacen como son. Y en el resto de disciplinas del pensamiento humano y del cosmos en sí mismo ocurre igual. Un sistema funciona porque es regulado. Ningún sistema funciona solo sin más, han de existir una serie de patrones que lo ayuden a alcanzar un equilibrio duradero y provechoso

El señor David Atemborough dijo una vez: “cualquier que crea en el crecimiento infinito de cualquier realidad física, en un planeta físicamente finito, es o un loco o un economista”.Igual de loco o igual de economista es aquel que crea que los mercados pueden regularse solos, de forma permanente.

Mike

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