No vivíamos en un sueño,
porque todo era real;
nuestras infancias,
nuestros padres,
nuestros países,
un mundo que parecía,
por unas cuantas décadas,
por fin encaminado.
No era un sueño,
ocurrió, porque la gente luchó,
porque creímos en que,
lo que importa,
lo que vale,
lo que nos ha hecho continuar,
sobrevivir,
crear por encima
de todas las casualidades cósmicas,
ha sido siempre lo mismo:
lo bueno,
lo dulce,
lo suave,
lo humano,
por mucho que unos cuantos,
pocos, muy pocos,
eviscerados de rabia,
muertos de odio,
educados por monstruos,
quieran hacernos creer
todo lo contrario;
desterremos a los pragmáticos,
económicos,
crematómanos,
políticos descangallados,
hasta enterrarlos en el mar,
galopemos
sobre sus razones de estado,
sus fortunas,
su comprada soledad,
arrastremos sus trajes
hasta desgarrar
sus inhumanos pespuntes.
Nos ha durado mucho Maquiavelo,
y de su mensaje rancio,
nacido del origen
de las fortunas
y el dinero por convicción,
tenemos hoy coletazos
que asuelan el mundo
con sus criterios matemáticos,
alegando el ahorro
como última razón,
su riqueza,
la de esos cuatro:
dinero, religión, política y datos,
que relinchan
como única solución,
como un único fin
al que tender como humanidad,
controlada por hombres serios,
mujeres profesionales,
muertos en vida,
recauchatadas ya muertas,
inmortales de espíritu
que han hecho del mundo
sus angustias y miedos,
que han construido a su imagen,
y la de sus padres monstruosos,
la de sus abuelos retorcidos,
nuestra sociedad enferma;
enferma de tiempo,
enferma de contenido,
enferma de terminales viciosos
y redes afiladas
de interminable vacío.
Como ya ocurriera,
y ha ocurrido,
como siempre que cuatro
encuentran el altavoz
que les dan sus montañas
de monedas y sangre,
sus amigos ávidos de sorber
de sus pies
la líquida plata,
proscribimos de nuevo la ternura.
Alas, la ternura
es tiempo,
tiempo lento,
tiempo denso,
tiempo que pasa al contrario,
tiempo que no se mueve,
tiempo que solo atiende
a las flores que nacen del corazón
de quién todavía
entiende lo que de humano
tiene escuchar
como pasa,
como se crea,
como bebemos
de las sonrisas en el tiempo.
No hay que aspirar a la felicidad,
ni a la satisfacción,
ni al éxito,
ni siquiera al amor,
esas no son más
que aspiraciones pasajeras,
zanahorias inalcanzables,
podridas desde hace eones…
Aspiremos a la ternura,
pues,
que nos dará todo lo que necesitamos:
tiempo;
tiempo para mirar,
tiempo para ser,
tiempo para vivir,
tiempo para amar,
para sufrir,
para encontrar la felicidad
y la tristeza,
tiempo para disfrutar
que,
entre todas las casualidades
de un universo
queriendo resarcirse
de la implosión de orden
que lo sacó de su sueño eterno,
fuimos capaces de encontrar el tiempo;
tiempo para querer,
tiempo para escuchar,
tiempo para entender
que no hay más salida
que la compasión,
que no hay mayor fin
que la simple,
la sola,
sencilla,
valiente noción de la ternura.




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