Por qué no, si éramos niños
que más daba el mundo
y las atroces compañías
invisibles del futuro;
allí, tú y yo,
solos, la tarde,
el parque,
calor de arena
y el agua brotando
de la fuente en sus palmeras.
Tú, y tu aire de princesa india,
¿por qué no te besé?
¿por qué tú no a mí?
Que sabías de más,
que no vivías asustada de dios.
Dejarnos besos en los rincones,
tirados por los bancos,
las plazas y los balcones,
nadie se puede permitir eso,
nadie perder el último de los besos,
en el más frío,
abierto de los parques.
¿Por qué no te besé
y dejamos de hablar,
dejé perderse mi estúpido
niño bueno,
matado de miedo,
sujeto a confesión,
a la mirada retorcida de su dios;
mierda cristiana contra la felicidad,
y contra los besos,
¿quién puede permitirse
tener que escribir así,
tener que recordar así,
con esa luz de tarde levantina,
arenas de verano,
un final de campeonato,
eso hubiera sido
el habernos besado.
Perdona, Gemma,
yo era niño,
tú menos,
tú más en todo,
y mejor,
si algo tenía, o tuve,
fue solo memoria,
y recuerdo, todavía,
el momento envuelto en la piel
quebradiza del entonces,
y sonrío, pero duele,
de repente,
desde tan lejos…
¿Dónde estarás?
¿Por qué no te besé?
¿Por qué no me besaste tú?
Por qué,
por qué,
por qué no,
dejamos tantos pequeñas
grandes cosas sin hacer,
sin terminar,
como si millonarios de vidas,
a nadie pudiera haberle jamás
sobrado un beso,
y más uno como aquel.
No cambies nunca,
me dijiste,
yo sonreí,
me emocioné,
luego lloré,
solo,
y solo me faltó besarte,
nos faltó haber dejado en el tiempo
la marca indeleble
de un estallido gravitatorio maravilloso,
una memoria
al margen de todo tiempo,
a salvo de todo espacio.




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