Yo no soy caucásico.

Nadie lo es,

salvo quizá los nacidos en la cordillera,

pero nadie es de esa raza inventada.

Nadie es de una raza.

Todos somos lo mismo,

de una mezcla,

de un camino,

de un goteo incesante e intranquilo

de color y huellas.

Yo no soy caucásico,

ni tú,

yo soy, como poco:

africano, más o menos sapiens,

Neanderthal viejo, en pequeñas dosis,

griego focense, fenicio, tartesio,

Íbero, turdetano, arevaco, vacceo,

cántabro y astur,

celta y celtíbero.

Romano, posiblemente legionario,

puede que latino, sabino, galo o tracio.

Yo soy suevo, vándalo y alano,

godo, muy godo, visigodo,

rifeño atlante,

bereber a caballo de fronteras,

árabe beduino de ojos claros,

franco orgulloso,

asturiano, leonés, gallego y navarro,

castellano y aragonés:

¡Desperta ferro!

Yo soy de Chamartín, Ciudad Lineal y Hortaleza,

del parque de Tribunal y de Madrid.

de España y Francia, algo inglés,

europeo occidental al sur del norte.

Soy de la Tierra, Jasoom,

tercer planeta interior,

azul y blanco,

verde de cerca, solía ser.

Sistema solar en el brazo espiral

exterior de Orion

de la Vía Láctea.

Soy del grupo local de galaxias,

parte del conjunto imposible de Laniakea,

más de cien mil

en pos del gran atractor.

Yo soy hidrógeno y helio,

estrellas azules tempranas,

quásares en los límites del tiempo,

estrellas maduras, más naranjas, más cálidas.

Soy de todo el polvo

y cada hebra de materia oscura

orbitando en silencio electromagnético a nuestro alrededor.

Yo no soy nada,

casi agua,

casi polvo,

y eso me hace sentir bien,

insignificantemente bien.

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