Se ha muerto Keith Flint, The Firestarter.

Yo nací en esos ochenta
de mitos y leyendas arqueológicas,
tiempo de sueños trabajados,
de extraterrestres benévolos y cabezudos,
de músicas deslabazadas,
impresión absoluta de lo nuevo
y lo rebelde;
ochentas de la necesaria locura.

Ochentas raros,
antesala de lo feliz:
noventas felices;
felices noventa,
década de la expansión
del optimismo y la bonanza,
liberación real y estandarizada.
Década de menos extrañezas,
menos pintas, menos lobos,
de bares largos, noches claras,
bebida en las calles,
humanas calles del botellón,
divina forma de entenderse,
todos a una, juntos, viviendo,
creyendo en lo que vendría,
¡qué muriera el comercio inmisericorde!

Yo crecí en la leyenda, el brillo
y la oscuridad de los turbios ochenta,
pero fui, descubrí, hice de lo que soy,
fuimos, nosotros,
vadeamos juntos la leyenda,
en esos noventa donde lo feliz,
lo sencillo, lo frágil, lo duro,
la paz de lo real
y la voz y el tacto,
sin obsesión por no encontrarse,
se encontraban entre salesas y audiencia,
en la plaza de Tribu, en el Grial,
en el Sánchez y el San Ma,
en el parque de Almansa,
el oeste, pasada la leche de pantera
cayendo del cielo,
más allá del oeste verde,
los bajos de esos Argüelles
reencontrados en los que apuntarse
a las Mil Copas de un Club de Alcohol
de cientos de encuentros
que nos dábamos en esas calles,
fueran las que fueran,
que siempre había una esquina
en la que beber, reír, beber y beber,
reír, debastar la noche,
un bar abierto hasta morirnos de día
y volver a empezar.

En los ochenta nací,
pero solo en los noventa
estallamos líquidos,
día y noche,
en calles repletas de voces y manos.

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