Es un suspiro,
esa eternidad que nos adormila
cuando cerramos la,
aunque solo sean
tus escasos rojos
moteados de segundos
intratables,
deshechos
en el desastre de no tener más estrellas.

Es una locura
por vaciarse de vacíos
y enfrentarse a la alteridad
en un estado de infinita holgura,
cargados de electrones
sobre las mareas positivas;
deformarse,
encontrar una mancha
y bebérsela,
como se bebe uno el tiempo
cuando no respira.

Refugiarse espejado
en la última pasión,
y de la ausencia de ese yo
que lo abruma,
que anestesia
hasta el filo de los vientos,
encontrar un véspero
común a nuestros ojos,
que caminan titilantes
por los extremos
lúcidos del silencio.

Es un intento más
por separarnos de la carne y del barro
y solapar tus líneas incorrectas,
mi lateral inconstancia ciega,
al calor sumergido
que destellan los dientes y esquinas;
y en la mímesis sin manos ni herrajes,
punzante y errática,
desastrarse,
deformularse,
desnudarse
hasta el médano de la inconsciencia.

 

 

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