Cuando la casa se agita en la vida de los sarmientos,
al olor del pino y sus resinas de viento,
duerme en la terraza uno de los hermanos
mientras otro fuma, tranquilo,
observando los montes que se desvanecen
bajo la calima y unas nubes de verano,
solitarias y gruesas, despistadas
verdes de todo lo que en el cielo
han creado los días de sol;
luego subirá, a lamer con saña
los restos del verano que sus cumbres derraman.

Cuando la casa se mueve, llena de vidas,
la madre busca el descanso merecido
en los sueños de la tarde fresca
al son de las brisas que ya tocan
a bajar de las cumbres batidas y azules.
Pasean los pequeños como un zumbido,
de la hermana mayor, como un suspiro,
los padres, jóvenes, detrás, con sonrisas
de cansancio y de esperanza, de alegrías
y de disturbios en la punta de su sueño.
Y la otra hermana lee, bajo la ventana grande,
esperando que espera que lee y volverá,
volverán los días, cada día, de vida,
cuando en la casa se agitan, y se oye un ladrido,
lejano, del perro que persigue intrusos volantes,
y unos gritos infantiles anuncia la llegada,
y al otro lado de la valla empedrada
ya comen la nueva generación sobre la hierba
antigua, cansada de salir y helarse, de helarse
para volver a salir, cada vez más recia, cada vez más dura.

Cuando la casa se agita, aunque en su siesta duerman
los vivos su justa medida y descanso,
el padre en la pasión de sus minutos callado,
me asomo yo, presa del sufrimiento común
a la alegría, al mirador del tiempo,
cosido al granito y al agua clara y helada fluída,
a la montaña, y miro como se agita el corazón
en cada uno, y observo las pieles conocidas,
respiro como respiran, miro como beben
del aire sus recuerdos y pertenencias.
Me asomo yo a mi vida que son los que pueblan
el mundo en revolución, esperando sin esperar,
llegando como en tromba al refugio callado
del hogar y la familia, de los inviernos fríos,
de los veranos frescos, de las horas comidas,
cuando la casa se agita y la vida se renueva,
y los recuerdos se encajan como en un juego
de piedra y de luz, unos contra otros,
entramándose en la canopia de la memoria.

Cuando la casa se agita y retiembla de vida,
de voces y de color.

 

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