Poesía

Colonia

Un bar pequeño y el frío ondulando
fuera, solo entre nubes, expectante,
panóptico alrededor del cristal
en la noche caída y coruscante,
pero la luz amarillenta y cálida,
la cerveza irisada de tus ojos
perennes como el ámbar, rojos, dulces,
los bailes invisibles de mis manos
trasegando de la piel sus umbrías
regiones en la mesa proyectadas,
nos retenían con voz preterida
de futuros en memorias lejanas
por habernos atrevido a encontrar,
a querer recordar, a recorrernos
que estuvimos bajo grandes agujas
de niebla, conociéndonos, sabiendo,
siguiéndonos, escuchando, sorbiendo
del aire el aroma de las miradas
que hubiéramos tomado con los labios
sobre la misma nieve reflejadas,
a latido imparable, ante la vista
del mundo, desmadejando la fibra
del presente con las bocas desnudas
y el tímido aliento de la caricia.

¿Por qué no? Y el cielo gris desmontándose
olvidado sobre nuestras cabezas
no hubiera producido efecto alguno
tendidos como idos a la certeza
del uno al otro, tramando de niños
libertades raras con la alegría,
aventuras que un día repasáramos
que volviéramos a vivir un día
aunque fuera perdidos, aunque fuera
de memoria y no tuviéramos nada,
ni los ojos, las mismas manos frías,
ni el color azul de la sangre helada
un día volveríamos, como ahora
inquietos, desabridos, casi brunos,
tristes, soberbios, anchos, convencidos
de errores, abotargados de sueños
aún por cometer.

No volvimos. Yo sí vuelvo. ¿Por qué?
Sigiloso, que tú no puedas verme
y nada te cambie, nadie nos mueva
nunca de aquel día de invierno ardiente,
de aquellas risas tensas por lo mutuo,
ingrávidas por lo irreal, durable,
sencillas, lo indescifrable y conexo,
risas que nos derramamos constantes
en la feroz idea del que sueña
que todo habría de seguir igual
abierto, cercano, fácil y largo,
de interminable torsión, nada más.
No volvimos. Ni tú ni yo. ¿Por qué?
No volvimos ni a crear de memoria
los sonidos y las luces, sabores
de los que tarde, lenta, nunca historia,
no nos quedan de nieve ni los pasos
ni esa vieja fortaleza
que nos acogió en la helada,
una sola noche lenta.

 

 

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