Antes de que empezaran a pitarte los oídos,
antes de que se formaran los remansos
nudosos de tu espalda,
antes de que tus dientes fueran capaces de masticar otros dientes,
mucho antes,
antes de que sumieras la piel a la negrura
y negaras lógicas los finales de la constancia,
los beneficios derretidos de la rutina.

Antes de echar de menos las noches del casino
si más fin que el día y la falta de refugio, nociones,
de creencias, de frío y de fuego, de encontrarlo
todo metido como si fuera de los dioses
entre las paredes de piedra y cal, trepadas por la hierba.

Antes de no volver a ver la mañana aparecer,
cosida de necesidad, de gigantes que marcan
el paso zambos y culebreantes, erguidos
por las marchas
y la alarma ciega de ningún momento
listo para volver.

Antes de dejarse dormir, soportados por cimientos reblandecidos
hubo una tierra que todo lo contenía,
y una cubierta de espacios oscuros infinitos
en los que cruzarnos las piernas y clavarnos al suelo,
como si no hubiéramos nunca descubierto
los asterismos replicantes que durmieron la noción
de los sueños, las ganas, el tiempo,
la ambición,
el simple deseo de dejarse llevar
por las espumas de la pasión;
el mostrarnos vivos sin buscar más ojos
que los dos que entonces
nos mirábamos.

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